Milagros Aguirre

Receta para ser feliz

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No veo las noticias. Vivo light. Veo películas en la televisión por cable y no veo ningún canal nacional. No leo los periódicos ni siquiera veo los titulares en internet y peor los artículos que se publican en los periódicos digitales que ahora se multiplican.

No tengo la radio encendida. No me conecto a las redes sociales salvo para ver los espectaculares lugares donde han pasado vacaciones amigos a los que no veo nunca. No me entero de las sabatinas. Ni de la campaña que se avecina. Ni los avatares de la política. No me entero de los líos de los militares y los entredichos ni de cómo vive el ex vicepresidente y sus funcionarios en Ginebra. Tampoco me entero de los atropellos a los derechos humanos en la cárcel de Turi ni de ninguna otra injusticia, acto de corrupción o problema parecido. Nada que me agobie. Nada que me quite el sueño.

Ni me va ni me vienen los barriles del ITT ni tampoco los amarres de la Unidad ni las gentes que la conforman. Tampoco quiero saber de lo que pase con los migrantes que llegan al país sean cubanos, haitianos. No quiero enterarme. Prefiero no saber. Mejor no me cuenten, para no tener iras, ni malestares ni preocupaciones ni pesar alguno que suficiente tengo con sobrevivir, con la carestía de la vida y con los problemas de salud. Demasiada energía consumida en temas que no se pueden arreglar. Prefiero no pensar.

Esos ingredientes, una poderosa combinación de negación salpimentada con indiferencia tiene la receta de la felicidad que siguen al pie de la letra las élites de este país.

La receta funciona como la anestesia para calmar el dolor o la ansiedad. La anestesia es la pérdida temporal de la sensibilidad. En otras palabras: ojos que no ven, corazón que no siente.
Definitivamente, esa es una opción, aunque también hay otras. Parece que la receta se generaliza: cada día hay más gente que le apuesta a ella para así vivir tranquila. Partidaria del pare de sufrir, desconecta. Y listo.

Entre quemeimportismo, desidia y desencanto. Las élites han tomado la droga de la ignorancia que funciona como placebo frente a los problemas. Prefieren ignorar los conflictos por sanidad mental, dicen. Así pueden dormir serenos, sin pesadillas de madrugada, sin dolor alguno, sin culpa, con la conciencia más que tranquila.

Tal vez la receta sea aplicada por puro cansancio, porque ya estuvo bueno, porque no se puede vivir de sobresalto en sobresalto. Pero no se hace un país diferente, con gente indiferente. Los hechos no dejan de existir por más que uno los ignore. La indiferencia, decía Aldus Huxley, es una forma de pereza. Y la pereza es una forma de desamor. Y en el desamor, en la falta de compromiso y en la falta de adrenalina, no puede haber satisfacción plena.