María Cárdenas R.

Cuando la mentira ya no alcanza

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¿Es necesario ser psicólogo? No, solo tener sentido común para comprender que cuando alguien recurre a la agresividad, a la autodefensa -que no tiene ni pies ni cabeza-, a una persecución de “pequeñas” comunidades que solo practican sus derechos y, peor, a personas que no tienen una inmensa maquinaria económica o de propaganda, es porque la mentira ya no alcanza.

Como ejemplo, revisemos la actitud de un niño que excedió sus límites. Imaginemos el berrinche que armará cuando se descubra, durante un insoportable dolor de barriga, que se comió sin arrepentimiento dos o tres litros de helado en una sola sentada. Llorará, gritará y hasta acusará a sus propios padres, llamémoslos mandantes, de ser los culpables. Progresivamente, si no recibe una reprimenda, su actitud no cambiará y, peor aún, acorralado, se convertirá en un megalómano constante que siempre echará la culpa a alguien más. El inmaduro ser humano sabrá, en el fondo de su alma, que se equivocó, pero no tiene el coraje suficiente para admitirlo y aceptarlo. Menos para cambiar.

Quien nunca ha mentido en su vida, así esta sea una mentira blanca, ¡que lance la primera piedra! Ni una piedra volará por los aires. Los seres humanos mentimos en un momento u otro por mil razones. Mentimos conscientemente y, en el fondo, cuando tenemos conciencia, nos disculpamos o, por lo menos, aceptamos ante nosotros mismos que lo hicimos y buscamos corregir el error. Esto, claro, cuando tenemos una mente racionalmente sana y, sin vergüenza, cambiamos de rumbo, sobre todo si la mentira ya no alcanza.

La mentira es una muleta que utiliza aquel que pretende tapar el sol con un dedo o, en otras palabras, la realidad que esa persona crea alrededor de un inconfesable dolor, confabulando una historia que no le permite declarar humildemente que ha cometido errores y que está listo para un cambio. Si soy fumador(a) o sufro de alguna adicción y me preguntan sobre ella, siempre diré mentiras para cubrirme y que es culpa de otros o de las mentiras de las que se me acusan.

En asuntos más serios, cuando un ser humano miente con una segunda intención, lo que logra es manipular a través de su propia realidad. Cuando preguntan a alguien que se supone que tiene intenciones suicidas, siempre dirá que adora la vida, insistiendo sin miedo pero, a la primera oportunidad, se botará de una ventana, sin dudar. Ve solo su verdad, que no es la de todos, ni de muchos o pocos, sino solo suya, porque vive en una mente ya retorcida. La mentira es como una adicción cualquiera, a la comida, a la droga, al cigarrillo, al poder, al alcohol.

Importantes ejemplos de eso son los narcisistas, megalómanos, vanidosos, agarrados a sus muletas que a la larga los llevaron a su propia extinción, no sin antes causar y causarse daño irreparable. Sus miradas, sus más mínimos gestos se parecen y aún así pueden pararse frente a una cámara o un jurado, frente al pueblo o sus amigos y con la mayor tranquilidad, mentir y decir su verdad.

Me pregunto: ¿las marchas de cuatro pelagatos pueden desestabilizar una planificada y sólida economía?