Fabián Corral

Teoría de la máscara

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8 de junio de 2014 18:11

Máscaras ha habido siempre, desde la famosa de hierro de la novela clásica, hasta las humildes que se venden en las esquinas de Quito en los días de inocentes.

Disfraces y vestuarios de arlequines han sido prendas comunes, compañeras de la gente desde el principio de los tiempos. Brujos y danzantes las elevaron a la condición de iconos. En los pueblos andinos, el enmascaramiento es un rito aún inexplorado. Pese a su vigencia, y a su gran simbología, las máscaras mestizas no han pasado de ser simple curiosidad de turistas y noveleros. Ellas, como casi todo, corren el riesgo de disolverse en la benévola curiosidad que provoca lo exótico.

Pero ‘diablo humas’, danzantes y otros personajes de la fiesta popular merecen consideraciones más serias que las puramente festivas, porque a la diversión se la debe ver también desde un ángulo distinto de la simple farándula.

Así, es evidente que los disfraces populares y los antifaces de las élites usuarias de los clubes, son escudos que oculta los rostros y autorizan a hacer y decir lo que no se puede a cara limpia. El ‘enmascaramiento’ es una cultura de licencias inusuales, un modo de ser que asegura el anonimato y la impunidad, que disuelve la vergüenza, libera comportamientos y edifica decires y mentires.

La máscara permite actuar y ejecutar un libreto que pone al autor a salvo de los riesgos, sin renunciar por ello a las ventajas del disfraz. Desde el comandante Marcos, con su “guerrilla informática” de Chiapas, convertida en puro recuerdo o folclore, pasando por el terrorista, la máscara cumple la función de ocultar la cara, en unos casos, para mantener el misterio y hacer de la acción política un radio teatro por entregas, y en otros, para asegurar la impunidad y, cobardemente, ponerse a recaudo de las consecuencias. La conducta de terroristas y otros locos son la forma extrema del enmascaramiento político-criminal.

Es curioso, y paradójico, pero el mundo moderno, con toda su fanfarria de publicidad, televisión y transparencia, ha conducido al refinamiento extremo de la máscara, ha hecho del antifaz la forma común de proceder, y ha elevado el disfraz a la condición de vestuario de todos los ritos. La vida es, por eso, salvo excepciones, una película que circula en la red. Se han refinado, sin duda las vocaciones teatrales. Las habilidades en la actuación están asociadas a la máscara, ella impone formas de ser artificiosas, imitaciones magistrales o ridículas. Impone una suerte de constante falsificación, de doble vida donde no es fácil distinguir lo auténtico de lo postizo.

La máscara, como ya intuyó Octavio Paz en un genial ensayo, es una filosofía, una antropología. En nuestro caso, es el apropiado vestuario de la mojigatería ambiente. ¿Se derogará, algún día, la cultura de la máscara?