Manuel Terán

La farsa revolucionaria

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El domingo, en un proceso eleccionario fuertemente criticado, en que las condiciones desde todo punto de vista favorecían al candidato presidente en funciones, Daniel Ortega ha sido elegido para un tercer mandato, teniendo como compañera de fórmula a su cónyuge Rosario Murillo, personaje de enorme influencia del gobierno nicaragüense. Ha arrasado con todo y la oposición tendrá muy poca visibilidad. El alto abstencionismo denunciado por sus oponentes permite que de los votos sufragados más de dos tercios apoyen al candidato oficial. De 71 años, el comandante Ortega es una caricatura de aquel militante revolucionario que, guerra civil de por medio, echó del poder al dictador Anastasio Somoza levantando simpatías en toda la Región y aún por fuera de ella. La lucha se suponía era para librarse del yugo del tirano. Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Edén Pastora daban lustre a una pelea que lucía desigual pero que al final logró derrotar al heredero de la dinastía que sumió por décadas a la tierra de Rubén Darío en el atraso y la pobreza, respaldado por una Guardia Nacional que cometía atrocidades. Muy poco duró el encanto novelesco. Apenas asumió el Frente Sandinista, con Ortega a la cabeza, las reales intenciones salieron a flote.

No se luchaba por instaurar libertades sino por imponer una dictadura de distinto sesgo. Bastante temprano Ramírez y Pastora advirtieron el ardid y se alejaron del gobierno. A otros el desencanto les llegaría más tarde mientras Ortega solidificaba su liderazgo y se convertía, con “piñata” de por medio, en el jefe absoluto del proceso revolucionario. Hubo dos interrupciones en este camino. Una tuvo como protagonista a Violeta Chamorro y otra a Arnoldo Alemán. La primera, una persona que buscó reconstruir el desastre dejado por los sandinistas y el otro un individuo que luego fue protagonista de escándalos, que por el juego político allanó el retorno de Ortega al poder.

Aprendida la lección de parte de sus mentores que se hallaban en Cuba y Venezuela, Ortega retornó pero con la idea fija que el poder no es solo para alcanzarlo y ejercerlo sino, por sobre todo, retenerlo a toda costa. Práctico y sagaz ha realizado alianzas con todo aquel que le puede permitir consolidarse en el gobierno y manejar a sus anchas todos los poderes. Un alumno selecto de los Castro y los Chávez que a su tiempo fueron los que implementaron la receta.

Revolucionarios de ayer, convertidos en los septuagenarios y octogenarios, que llevan décadas al frente de sus naciones. Remodelando el lenguaje han logrado amoldar a sus intereses todas las instituciones, para dar una apariencia democrática a su férreo control totalitario. Les resultó sencillo porque nunca creyeron en la democracia como genuina expresión de los pueblos, sino sólo como un instrumento más que les permitiese hacerse íntegramente del control político, como buenos herederos del modelo soviético. Ojalá que en Ecuador los electores adviertan el ardid.