Manuel Terán

Exhausta

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Ese es el estado de la caja fiscal. Los límites de un modelo inviable sostenido en coyunturas exógenas, ajenas al control o voluntad de los que diseñaron las políticas, han aparecido y dejado al desnudo un sistema soportado artificialmente, caracterizado por el gasto desenfrenado y alimentado por un endeudamiento agresivo, que cuando empieza a dejar de percibir los flujos a los que estaba acostumbrado se resiente, pone a la luz sus debilidades y evidencia en forma absoluta la imposibilidad de sostenerlo en el tiempo.

Apenas los mercados o los prestamistas percibieron que se restringía la capacidad de pago del estado deudor, dejaron de desembolsar recursos convirtiendo en una odisea el cierre fiscal. Se agrandó la deuda con los proveedores que, por versiones de prensa, ponen en riesgo a un sinnúmero de negocios que se instalaron o ampliaron con la expectativa de atender los requerimientos de un Leviatán que se quedó sin caja, dejándolos en serios aprietos por las deudas contraídas para financiar esas empresas. El resultado, una situación crispada por la falta de crédito y retiros de depósitos por la necesidad de atender con recursos propios las obligaciones de toda índole. La incertidumbre cunde y las inversiones proyectadas se detienen, hasta ver cuáles serán los correctivos que se planteen para tratar de enmendar semejante desaguisado.

A esto hay que sumar que en poco ayudan declaraciones oficiales, que tratan de justificar lo sucedido por la caída del precio del principal producto de exportación o por la revaluación del dólar. Si se da la vuelta a esos comentarios habría que concluir que el ciclo de crecimiento también se produjo por una situación externa favorable, en la que poco o nada tuvo que ver la gestión gubernamental.

Bajo esa premisa habría que admitir que el Estado se convirtió en una especie de ente pagador, que no tuvo criterio para administrar la bonanza y prevenir tiempos difíciles. Gastó a manos llenas cuando ingresaban recursos y se quedó sin capacidad de acción o reacción cuando el flujo de los mismos se detuvo. Todo lo contrario a una política anticíclica como recomiendan los autores de su preferencia conceptual.

Ello ha desembocado en un juego político que pretende ocultar la gravedad de los acontecimientos. Más allá de los discursos, el sector oficial conoce las dificultades de enfrentar un año electoral con la caja vacía, peor aún en el evento de triunfar con cualquier candidato en las elecciones sobrevinientes. Un escalofrío debe recorrerles el cuerpo solo de pensar sentarse a administrar un Estado al que apenas le alcanza para pagar los sueldos de una burocracia desbordada, quedando saldos insignificantes para destinarlos a proyectos de envergadura; como en las épocas de los políticos a quienes agravian, a los cuales no les acompañó la suerte de contar con los inmensos ingresos que existieron en los últimos años.

Allí la magia y el encanto se desvanecen. La aureola de infalibilidad se esfuma, las sonrisas se borran de los rostros y quizá la posibilidad de que rindan cuentas se asoma por la rendija.