Óscar Vela Descalzo

Un héroe entre nosotros

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ovela@elcomercio.org

Corría el año 1941 y el planeta vivía tiempos oscuros. El delirio de Hitler y de sus obsecuentes seguidores arrastraban a los países involucrados en la Segunda Guerra Mundial al borde de su propia extinción. Apenas habían pasado 20 años desde que concluyó la primera gran guerra cuando Europa intentaba otra vez suicidarse.

Suecia, un país que mantenía intactas sus simpatías por la causa alemana, mostraba al mundo, de labios para afuera, una posición de neutralidad frente al conflicto, pero la realidad era que buena parte de su economía dependía de los minerales que vendía a Alemania. Esa fue la razón principal por la que Hitler atacó a todos los países nórdicos menos a Suecia.

En este contexto, el diplomático Manuel Antonio Muñoz Borrero, cónsul ecuatoriano en Estocolmo desde 1931, fue ratificado en su cargo por el gobierno del presidente Carlos Alberto Arroyo del Río, en septiembre de 1940. Muñoz Borrero (Cuenca, 1891), fue un hombre cauto y circunspecto, de notable inteligencia y don de gentes. Por lo que se conoció años más tarde, entre sus principales virtudes sobresalieron la generosidad, la humildad y un arraigado sentido de solidaridad.

En 1941, en pleno conflicto, Muñoz Borrero emitió más de un centenar de pasaportes en blanco para ayudar a salvar un grupo de judíos de origen polaco que debían ser transportados en barco hacia América portando documentos de identidad que acreditaran otra nacionalidad. El descubrimiento de los pasaportes por algún entuerto diplomático frustró el viaje de los judíos que habrían desaparecido más tarde en campos de exterminio nazi, y también ocasionó la destitución de Muñoz Borrero del cargo de cónsul honorario del Ecuador.

Sin embargo, la historia no acaba allí, pues el diplomático cesado al no tener un reemplazo nombrado por su país, ni recibir ninguna orden del Gobierno sueco para separarse oficialmente de su cargo, mantuvo su despacho y siguió expidiendo pasaportes ecuatorianos a quienes los necesitaban. Así, entre 1942 y 1943, extendió pasaportes a varios grupos de judíos, especialmente de origen polaco, alemán y holandés.

Se calcula que de los 263 judíos que recibieron pasaportes ecuatorianos emitidos por Muñoz Borrero, salvaron su vida 75. Por esta razón, en el año 2011, el Museo del Holocausto de Jerusalén, Yad Vashem, incluyó en la lista de “Justo entre las Naciones”, el reconocimiento más alto del Estado de Israel, al excónsul del Ecuador en Estocolmo. Hoy, el Centro de Recursos de Estudios sobre el Holocausto y Derechos Humanos, que funciona en el Colegio Einstein de Quito, también lleva el nombre de Manuel Antonio Muñoz Borrero.

Después de la guerra Muñoz Borrero no fue restituido a su cargo. Permaneció en Suecia hasta inicios de los años 60 y murió en México en 1976. Nunca reveló a nadie, ni siquiera a sus familiares más íntimos, su heroica actuación para salvar la vida de varios judíos durante la Segunda Guerra Mundial.