Carlos Montaner

Manuel, rumbo al norte

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5 de agosto de 2014 00:05

Carlos A. Montaner

Digamos que se llama Manuel. No daré datos que faciliten su deportación de Estados Unidos. Le costaría la vida. Es hondureño, tiene 24 años, esposa, y una niñita pequeña y revoltosa. Manuel trabaja de sol a sol como jardinero.

Hace pocos años, en su país natal, unos temidos mareros del pueblo lo visitaron para que integrara el grupo. Manuel, alto y fuerte, tenía una camioneta. Lo querían para traficar cocaína y extorsionar infelices. La invitación era inapelable. Si se negaba mataban a toda la familia. El número de cadáveres nunca es un problema en ese torturado rincón del planeta.

Manuel no los denunció. Temía que algunos policías fueran cómplices de los pandilleros y lo delataran. Manuel, persona honrada, incluso religiosa, acostumbrado a rezarle a la Virgen de Suyapa, no quería convertirse en delincuente. Tampoco morir o que mataran a los suyos.

Vendió la camioneta, contactó a un coyote y, tras mil peripecias, llegó a California. Hoy sostiene a su familia con honradez. Sueña que su hijita se convierta en americana con todos los derechos. Quiere que estudie y sea dentista.

Técnicamente, Manuel es un inmigrante ilegal. Realmente, es un sobreviviente. Hay quien emigra buscando mejor destino y quien escapa de una sociedad sin ley para que no lo maten. El matiz es trágicamente importante.

El Estado de Derecho falla en Latinoamérica. Falla cuando los políticos y funcionarios roban impunemente. Falla cuando los legisladores se dejan sobornar y los jueces prevarican o venden sus sentencias. Falla cuando los mandos intermedios cobran coimas y nada se hace por evitarlo. Falla cuando los pandilleros hacen y deshacen sin que los detengan.

¿Qué mensaje reciben los venezolanos cuando Maduro, Cabello, y todo el Gobierno, dirigidos por la dictadura cubana, protegen a un general acusado de narcotráfico y de asociarse con bandas criminales para delinquir?El mensaje es obvio: las leyes no sirven. El discurso oficial es falso. Lo importante es enriquecerse a cualquier costo.

¿Por qué los bolivianos van a respetar la ley si oyen decir a Evo Morales que él viola las normas y allá están los abogados para arreglarlo?

¿Qué pensarán los brasileros de Dilma Rousseff, los argentinos de Cristina Fernández, los uruguayos de Pepe Mujica, los ecuatorianos de Rafael Correa y los “nicas” de Daniel Ortega, cuando ven a sus presidentes respaldando la inmundicia venezolana y riéndole las gracias a un demente que habla con los pájaros?

Piensan que sus líderes viven encharcados en el cinismo y la mentira. Piensan que son más educados, pero no mejores que los asaltantes de las favelas.

Ahí está el origen del mal: la columna vertebral de las Repúblicas es el respeto a la ley y la capacidad del Estado para proteger a las personas. Esto se ha perdido en casi toda Latinoamérica. Por eso, Manuel, desesperado, echó a andar rumbo al norte. Cuentan que lloraba por las noches.