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Dicen los lugareños que, desde tiempos inmemoriales, los miembros de esa familia fueron conocidos por su terquedad. A tanto llegaban que, siguiendo costumbres ancestrales, cuando ponían los cadáveres sobre la ría a fin de que al llegar al vado Aurora -otros parientes se encargaban de recogerlos y sepultarlos-, los cadáveres se daban la vuelta por un extraño ensalmo y volvían de cabeza a la fuente primigenia de la comarca.

¿Por qué insistían en este ritual? Precisamente porque por su sangre fluía el estigma de su obstinación. El relatorio puede aplicarse al anterior mandatario, pues su porfía por regresar al país así lo prueba. “A partir de los noventa del siglo pasado los actores clásicos entraron en un período de cuidados intensivos -escribí en 2001-: Estado, iglesias, democracias, imperialismos, fuerzas armadas, universidades, partidos políticos, sindicatos, intelectuales”.

Las razones cardinales de esta crisis, acaso terminal, fueron la caída del Muro de Berlín y la mundialización. Surtieron las definiciones más estrambóticas para este fenómeno: desde ‘sociedad amébica’, ‘Disneylandia global’, ‘tecno cosmos’ hasta ‘shopping center global’. Los manuales de política enseñan que, cuando el sistema se esfuma -vivimos la era de la transpolitización, grado cero de lo que fue la política-, aparecen los caudillos que gobiernan erráticamente, sin examinatorios sobre lo que hacen y que despilfarran el dinero público como si fuera su propio patrimonio.

Autismo presidencial, cuya soledad se fractura por los ecos de las loas que vociferaban sus parásitos. No puede vivir sino en medio de ese vasto torbellino, apremiante y absurdo que erigió, derribando y descoyuntando verdades, devastando todo lo que no era Él. Presidencia ultramediática la suya, porosa y fofa, cleptócrata, lenguaraz. Él -todopoderoso, infalible, sempiterno- emitiendo un arsenal repetitivo de mendacidades que olvidaba para contradecirse a la media hora. El anterior gobernante encarna lo que los antropólogos llaman coincidentia oppositorum: marginal y central. Pero ¿es marginal y central? Es posible. Pero algo de eso -los opuestos de su filiación humana como vectores- confluyó para la entronización mitologizante que buscó pero que no le fue dada. La historia no esquiva los extremos, rehúye los vacíos.

La corrupción fuga del retozo de los simbolismos. Es lo que es y, sin retóricas ni subterfugios, el robo mismo. Es el espacio maldito en sí. La corrupción no admite exorcismos. Y la corrupción reptaba por la laptop que Él se ufanaba en aseverar en sus mediocres prédicas que contenía todo lo que hacía y deshacía. Ese territorio que aún se empeña en volatilizar es su derrota y su final: la corrupción. ¿Él, como personaje, es más o menos lamentable que el aquelarre que no da un paso sin su majestuosa y cursilona risa nerviosa?