Marco Arauz

Los miserables

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No solo cabe la vergüenza frente a las medias verdades de los “compadres lindos” y los “miserables” de la política local. Pese al hastío que produjo el baño de lodo que se dieron el viernes José Serrano y Carlos Baca en la Asamblea Nacional, también cabe alegrarse frente a ese retrato vivo que hicieron del poder tal y como se lo entendía dentro del correísmo.

Trabajaron juntos en algún momento como parte de ese gobierno, pero en los últimos meses chocaron porque se percibían el uno al otro como una amenaza para sus carreras en ascenso. Es curioso, pero muy humano, que se hayan dejado llevar por la soberbia del poder y que hayan querido saldar sus diferencias al estilo mafioso. El país gana con el lodazal.

Baca sentía a Serrano como una piedra en el camino para su trabajo como Fiscal. Por ejemplo, la curiosa llegada de ‘Capaya’ junto a Serrano para colaborar con la Fiscalía hoy deja de ser una anécdota antipática y merece una explicación. Pero no será el actual Fiscal quien la pida. Es seguro que no sobrevivirá al juicio político que se le sustanciaría en la Asamblea.

Si sabía que Serrano obstruía la justicia para evitar una investigación en su contra o favorecer a algún grupo, no debía haber esperado a hallar la prueba de que quería ‘bajárselo’ sino denunciarlo oportunamente. La filtración del audio se asemeja más al producto de un acuerdo con un prófugo de la justicia, como el ex contralor Carlos Pólit, que a un hallazgo fortuito en las redes.

En cuanto a Serrano, que se llenó de argumentos patrióticos ante los legisladores y los ecuatorianos que tuvieron el estómago suficiente para seguir la sesión del viernes, simplemente no pudo defender lo indefendible: ponerse de acuerdo con un prófugo para perjudicar a un tercero, en este caso al fiscal Baca, y peor todavía aludiendo al incumplimiento de códigos de la “omertá”.

Si el país llega a contar con un Fiscal probo -y es bueno que ya esté funcionando el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social transitorio-, el ex presidente de la Asamblea, más que irse a recuperar el tiempo familiar perdido o denunciar la inconstitucionalidad de su cesación, deberá explicar lo que sabe sobre el ‘miserable’ de su audio.

Queda claro que, en medio de esas demostraciones de poder y mediciones de fuerza, la verdad es lo que menos importaba. Ya se entiende por qué el entusiasmo inicial para enfrentar la ‘cirugía mayor a la corrupción’ fue ralentizándose. Tras la sentencia en primera instancia contra el exvicepresidente Glas, la lucha global contra decenas de casos se quedó en anuncio. El choque de trenes producto de la soberbia y el cálculo ha dejado entrever las entrañas de la bestia. Hay que agradecer y aplaudir por esta representación de la naturaleza humana con la que no contaban quienes se creyeron impunes.