20 de May de 2010 00:00

El líquido vital

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Rodrigo Fierro Benítez

Si hay mil y un razones para que al agua se la haya calificado de líquido vital, hay una muy importante en territorio ecuatoriano: los campesinos serranos no podrían vivir si no contaran con agua de riego para sus pequeñas parcelas. Es la razón por la que en la historia del agrarismo andino la lucha por el agua cuente con las páginas de mayor empeño colectivo, algunas crueles hasta más no poder.

Una de aquellas páginas me llega tanto como que forma parte de mi circunstancia. Las tierras bajas del actual cantón Quero, provincia del Tungurahua, eran de secano, arenales a expensas de la voluntad de Dios. Don Juan Francisco Pérez, mi bisabuelo, con sus paisanos en un esfuerzo colosal, a punta de mingas construyeron un canal y el líquido precioso llegó a sus tierras sedientas desde las faldas de Carihuayrazo. En poco tiempo se produjo el milagro: con agua esas tierras se convirtieron en un vergel.

Aquel canal fue una tentación irresistible para los agricultores de Pelileo, buena parte de cuyas propiedades no contaban con agua de riego. De 1900 a 1903 se producen enfrentamientos. En el último, de esa época, los que vienen de Pelileo queman y destruyen los bienes de los quereños del barrio de San Vicente. Deben cruzar una quebrada para llegar a la bocatoma. Es allí donde se les para en seco. Los invasores dejan sus muertos y se llevan a los heridos. A rompesinchas don Juan Francisco y los suyos llegan a media noche a Ambato a ponerse en manos del ilustre jurisconsulto don Juan Benigno Vela, amigo y coideario liberal de mi progenitor. Los quereños hacen desaparecer los cuerpos de los pelileños caídos, una vez que “No hay delito si no hay cuerpo del delito”. Las autoridades que vienen de Quito no encuentran rastros de violencia, como no ser ramas quebradas y pencos pisoteados. Resulta ser el secreto mejor guardado por una comunidad campesina. Esta historia le llevó a Jorge Fernández, cuyos antecesores tuvieron tierras en Quero, a escribir la novela “Agua”, publicada en Quito en 1936.

La ‘acequia de los Tinajero’ fue una mina de oro para sus dueños. Unas pocas horas al mes de agua de riego les significaba un gran sacrificio a los campesinos pobres de Querochaca, contigua a Quero. Agua que no era utilizada se perdía en el río Pachanlica. A la comunidad campesina del sector se le ocurrió construir un sistema de terraplenes con el cual lograron desviar las aguas del río hacia sus tierras que se morían de sed. El hecho fue considerado como un atentado a la propiedad privada. Vinieron tropas de Quito. El líder de los campesinos fue descuartizado, según noticia marginal publicada en EL COMERCIO. Esto ocurrió hace poco: en la segunda mitad del siglo pasado. Desde antes y desde entonces, el agua de riego es una necesidad vital para los campesinos serranos, indios o mestizos.

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