Manuel Terán

Ligero y liviano

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16 de April de 2014 00:01

Es lo que predomina en la cultura de masas. Todo viene encapsulado, en pequeñas dosis, con minúsculos contenidos que se adecúan a lo que la gente común busca ansiosamente, supuestas respuestas que no le exijan hurgar más allá del simple comentario, del enunciado vacío, de la promesa hueca. La vorágine de la vida actual impone a cada uno, ensimismado en su propia cotidianidad, un papel en el engranaje del que difícilmente puede apartarse o encontrar el tiempo para hacerse las preguntas indispensables: ¿hacia dónde vamos? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? El día a día consume las energías de las personas y pocos, muy pocos, son los que destinan su tiempo a tareas que los abstraigan de la oferta de distracción dirigida al gran público. La lectura es cada vez más desplazada y, aun en los casos de las personas que mantienen esta práctica, muchas de ellas consumen libros que abarrotan las estanterías de "los más vendidos" como si ello fuera un elemento que necesariamente apunte a favor de su calidad literaria o científica. El tráfago de la vida diaria no deja tiempo para que la gran mayoría revise las propuestas que les hacen, los cantos de sirena que escuchan, que desmenucen los mensajes para que puedan apreciar las reales intenciones de sus emisores.

Con ese telón de fondo se crea un sinfín de supuestas verdades irrebatibles. Hay que adecuarse a lo que está en boga so pena de ser señalado como una persona que va en vía contraria de lo que desea la mayoría. El número termina siendo la única variable que importa. Si un amplio conglomerado sostiene una tesis esta pretende constituirse en verdad absoluta, aún cuando haya sido construida sobre presupuestos falsos o premisas erradas. No importa, lo que interesa es que la mayoría la acepte, la adopte como suya, la atesore como verdad revelada y exija de todos, verdaderos actos de fe.

No es privativo de los tiempos actuales la construcción de falacias. La gran diferencia ahora radica que se puede extender más la adhesión a determinadas tesis por la extraordinaria revolución tecnológica que se ha desarrollado en los últimos tiempos. Más aún cuando se crea una cultura en lo que impera es el resumen, las pastillas informativas proporcionadas por partes interesadas, cuando lo que está en el fondo no es construir conocimiento o impulsar la crítica, sino meros actos de propaganda.

El antídoto para contrarrestar el aborregamiento es educación de calidad. Todo esfuerzo sincero que se realice con ese objetivo será plausible, que busque sin ambages generar la entrega de herramientas de discernimiento a los jóvenes, no que los catequice con teorías desvencijadas que han demostrado su inoperancia a costa de atraso, terror y miseria. Una educación que brinde los elementos para que encuentren y tracen su propio camino dentro de los cánones de la tolerancia y el respeto a la opinión ajena. Pero la realidad indica que lo anterior no es sino una simple utopía asediada por innumerables dogmas y mentiras.