Monseñor Julio Parrilla

Tan lejos, tan cerca

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jparrilla@elcomercio.org

Qué tan lejos,… qué tan cerca,… lo cierto es que, en la vida, siempre tendremos que ubicarnos y decidir cuál es nuestro camino. He vuelto a ver una linda, conmovedora y jovial película: “Qué tan lejos”, una joya de nuestro cine. A través del diálogo entre Tristeza y Esperanza (los nombres no son por casualidad) asistimos al encuentro de visiones diferentes de la vida, a culturas incluso enfrentadas, donde las palabras y los gestos pueden significar cosas tan diferentes…

Esperanza, la muchacha española, es resuelta y alegre. Vive al día, consumidora de imágenes, experiencias, sensaciones y afectos. Queda alucinada ante un Ecuador lleno de vida, paisajes y personajes. Todo es fantástico o, al menos, eso parece…

Tristeza, la joven ecuatoriana, vive bajo la presión de un mundo hostil, complejo y decepcionante, por el que se siente agredida. Se refugia en los libros, en los sueños, en la seriedad de un existencialismo que le hace vivir a la defensiva, tras sus enormes gafas y su cara de juez de guardia. Ambas mujeres hablan un lenguaje diferente y lo que para una es anécdota divertida, para la otra es causa de desaliento.

Entre medias, como un tapiz de colores, se presenta el mundo ecuatoriano: sus sueños, contradicciones, evasiones, trampas,… El viaje, que parece no llevar a ninguna parte, se ve salpicado por personajes reales e histriónicos al mismo tiempo. Tras la anécdota, la gracia, la risa,… queda el amargor de las personas, encerradas en la experiencia inmediata.

El diálogo, el encuentro entre la esperanza y la tristeza parece imposible. ¿Cómo pueden reconocerse dos personas con imaginarios sociales tan distintos? Y, sin embargo, todo es posible. Es posible encontrarse y hacerse amigos, cuando recorriendo los tránsitos de la vida y las carreteras del Ecuador, se cuela la ternura, el esfuerzo por ponerse en el lugar del otro, la capacidad de contemplar sin juzgar.

Cuando los sueños se desvanecen ante el realismo de la vida y descubres que el hombre amado (o que creías amar) no es más que un sinvergüenza que juega contigo, no es necesario cortarse las venas… Hay que mirar hacia dentro y darse una nueva oportunidad. Jesús, el amigo que hace de puente entre las dos muchachas, conocedor no sólo de paisajes sino también de interioridades, sentencia, como si de Don Quijote se tratara, las verdades de la vida: el punto final depende de cada uno, de cómo se ubique y decida. Lo que para unos es el final de la historia, para otros es un nuevo capítulo, una nueva oportunidad de recomenzar y hacer caminos al andar. Ojalá que la esperanza redima la tristeza y la protagonista descubra su propio nombre y su destino. Lo descubra ella, que es joven y soñadora. Y, con ella, este pueblo de caminos infinitos y tortuosos que, a veces, no parece saber a dónde va o, al menos, qué tan lejos queda el futuro.