Manuel Terán

La última palabra

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Será el pueblo simple y llano quién, en un acto íntimo, con el único dictado su conciencia, se pronunciará ante una urna. Decisión que, por mandato constitucional y legal, corresponde a las autoridades hacerla respetar. Por ello, los acontecimientos de última hora, las remociones en filas castrenses, los anuncios de que serán víctimas de un fraude cuando ellos mismos designaron a los contadores de votos, no surtirán efecto alguno salvo volverse en contra de los que alegan y protestan a los cuatro vientos cuando presienten que su hegemonía trastabilla. Realizar cambios de tanta trascendencia en la institución militar no genera sino una ola de recelos y suspicacias sobre la oportunidad y reales motivos de los mismos. Estos hechos no hacen sino poner en evidencia que lejos de construir una verdadera democracia, en la que funcionen adecuadamente las instituciones, con los errores propios que acompañan el accionar humano donde los mismos no obedezcan a lineamientos o propósitos preconcebidos, lo que se pretende imponer es la vigencia y continuidad de una sola voluntad omnímoda. A ello, los verdaderos demócratas, los que creen que la gestión de la administración pública es un esfuerzo de todos los ciudadanos, los que no buscan superponer por sobre el interés del país las pretensiones particulares, de ideologías o de grupos, tienen que elevar su voz, hacerse escuchar, mencionar que esa clase de pretensiones sólo nos seguirá sumiendo en el atraso como Nación.

Hemos visto estupefactos como en países amigos a lo largo del último siglo se echaba mano de todo tipo de argucias para intentar perennizarse en el poder. A pretexto de autoproclamarse como los detentadores del legado histórico, como que si la génesis de los Estados empezara con ellos y el diluvio sobrevendría si dejaran el poder, se han realizado verdaderas afrentas contra la democracia en Cuba, Nicaragua y Venezuela hasta el punto de desfigurarla y volverla irreconocible.

Pero siempre consideramos que a nosotros aquello no nos acontecería. Sin embargo poco a poco observamos las similitudes en la retórica, en los discursos, incluso algunas prácticas políticas parecen copiadas. Fue más evidente cuando sonó el grito de guerra copiado del kirchnerismo, aquel “vamos por todo” con el que coparon el espacio institucional con militantes, adherentes, simpatizantes que, al menor signo de desavenencia con el poder central han sido llamados la atención, descalificados; y, ya cuando por las circunstancias que fueren han debido dar un paso al costado, han terminado tildados de traidores, advenedizos, desubicados con la historia.

El pueblo deberá hacer su elección. Si desea continuar en ese sendero en el que han pretendido arrebatarle sus libertades para elegir lo que estudia, lo que piensa, lo que lee, lo que opina; u, optar por otra vía en el que el disentir sea un acto cotidiano que no le acarree ninguna consecuencia ni retaliación. Después los arrepentimientos pueden ser tardíos, como tantos pueden dar fe de ello.