Manuel Terán

El lastre del caudillismo

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16 de October de 2013 00:02

En varios momentos la intelectualidad latinoamericana ha buscado encontrar e interpretar las razones debido a las cuales los caudillos tienen tan profundo raigambre por estos lares. No cabe duda que su presencia ha sido lo más nefasto que ha podido suceder a estos países que han sometido su andar a los humores o decisiones de los dirigentes de turno que, vaya a saber por qué mixtura de circunstancias, logran imponer su voluntad sobre el resto. Lo cierto es que su incidencia ha infringido el peor mal que se pudo haber hecho a estas naciones que, han enfrentado este enorme obstáculo, en desmedro de la institucionalización. Verdad es que en esporádicos momentos aparecieron seres superlativos con extraordinaria visión que pretendieron enfilar a sus países hacia la modernidad. Personas que se elevaron sobre sus contemporáneos tratando de marcar un rumbo que permitiese enderezar a sus estados hacia un destino relevante. Pero fueron los menos. Más bien la historia está plagada de personajes rocambolescos que confundieron dirigir a sus países con el manejo a su antojo de una heredad. Siempre con las ansias de sostenerse en el poder apelaron a cualquier vía y salieron maltrechas las instituciones.

Todo caudillo a su tiempo pretendió hacerse del control total de las funciones del Estado. Han repudiado que existan límites a su poder y la ley ha sido una entelequia. Aquello podemos observarlo en los actuales momentos en la forma burda y grotesca con la que actúan los herederos del chavismo y, con alguna mayor sutileza, en los cambios que propuso a su tiempo la Mandataria argentina cuando pretendió hacerse con el control del ente que regula el funcionamiento de la justicia, hecho que fue impedido por un fallo de la Corte reorganizada en tiempos del propio kirchnerismo.

El resultado es que, con esas prácticas, las inversiones se ahuyentan. Solo se arriesgan los que han estrechado vínculos con los detentadores del nuevo poder. En esos escenarios la competencia desaparece, el secretismo es el que domina en los asuntos del Estado, surgen dudas por doquier y patrimonios inexplicables. Sin embargo, aún hay amplios segmentos que, sintiéndose favorecidos por el asistencialismo del que hacen gala estos gobiernos, los respaldan sin considerar que, en el mediano plazo, las crisis activadas, cuando detonen, los afectarán principalmente a ellos.

No basta únicamente con lo numérico ni con las toneladas de cemento. El principal déficit de estas naciones es el institucional. Lo cualitativo es un imperativo que, de escasear, no permitirá la existencia de un futuro basado en sólidos pilares que garantice, más allá de esporádicos golpes de fortuna ocasionados por factores exógenos ajenos fuera de control, el progreso permanente y sostenido de estos pueblos. Basta ver el retroceso que hoy sufren naciones que alguna vez constituyeron verdaderos referentes a seguir.