César Montúfar

La hora de la censura

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La aplicación de la Ley de Comunicación deja al poder desnudo y lo proyecta a los límites del absurdo. A eso conducen normas como las que contiene la LOC que permiten a las autoridades, previa orden de la Supercom, imponer contenidos a los medios de comunicación. En la ley, algunas de sus normas, llaman a prevenir la censura previa con la imposición de informaciones oficiales o, incluso, ya bordeando las fronteras del ridículo, a proteger los derechos de rectificación y réplica de los ciudadanos a través de publicaciones obligadas con que las autoridades reproducen sus boletines en los medios para que sean leídas como si fueran noticias. El absurdo solo demuestra una cosa: Al poder se le agotaron las verdades y ahora solo le queda imponer sus mentiras. Evidente signo de decadencia.

El caso de la reciente sanción a diario La Hora marca en esa línea un precedente nefasto. A cuenta de supuestamente evitar la censura, la autoridad fijó una multa al medio por no publicar una noticia “de interés público” sobre la rendición de cuentas de un Alcalde. Es decir que, de ahora en adelante, los medios están obligados a cubrir y publicar todo lo que a las autoridades se les ocurra (ruedas de prensa, inauguraciones, rendiciones, etc.); de lo contrario, incurrirían en censura previa y serían sancionados.

La consecuencia de tal precedente busca que los medios dejen de fijar libremente su agenda noticiosa, que ya no decidan por su cuenta qué publicar o no, y que aquella tarea la determinen las autoridades, que de seguro tendrán muchos boletines que publicar de todas las maravillosas obras que hacen. Por tanto, se pretende que los medios dejen de ser tales y sumisamente se conviertan en parlantes de la voz oficial. Se borra, así, la diferencia entre un medio de comunicación y la oficina de prensa de un Ministerio. Esto que parece absurdo, ridículo, una broma, se está implantando en el Ecuador.

Hace bien diario La Hora en resistir esta sanción. En ella se juega el sentido mismo de la profesión y del oficio periodístico. Si el contenido de lo que los medios publican ya no lo deciden los periodistas y los editores en las mesas de redacción, sino que pasa a determinarse en las oficinas de relaciones públicas de las instituciones del Estado, asistimos de forma implacable a la muerte del periodismo. Los funcionarios siempre estarán tentados a confundir “información de interés público” con sus necesidades publicitarias y campañas de promoción.

El problema es que cuando los periodistas dejan de decidir con libertad qué cubrir o no, qué informar o no, y se impone que los medios publiquen lo que las autoridades desean, se fuerza la mutación de los medios y los periodistas en agentes de propaganda oficial. Aquello, para entera satisfacción de gobernantes vanidosos que confunden a los medios con espejos a los que quisieran preguntar todos los días si son los más bellos, los más perfectos, los únicos redentores de sus suelos. Pero fuera de broma, el periodismo en el Ecuador está amenazado de muerte. No es solo La Hora; es la profesión misma la que tiene el gatillo en su sien.

@cmontufarm