Antonio Rodríguez Vicéns

Kafka, la niña y la muñeca

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25 de December de 2012 00:01

Franz Kafka ha sido considerado por los críticos literarios uno de los grandes renovadores de la novela contemporánea. ‘El castillo’ y ‘El proceso’ -decía Jorge Luis Borges con su característica sapiencia- ya son parte de la memoria de los hombres. Llegó a considerarlo el mayor clásico de su siglo. “Kafka vendría a ser -le comentó a Osvaldo Ferrari- el gran escritor clásico de este, nuestro atormentado siglo. Y posiblemente será leído en el porvenir, y no se sepa muy bien que escribió a principios del siglo XX… Todo eso puede olvidarse: su obra podría ser anónima, y quizá, con el tiempo, merezca serlo. Es a lo más que puede pretender una obra…”.

El propio Borges afirmó que Kafka era “desesperado y abrumador” y que sus novelas son “sórdidas pesadillas”. Una expresión de la angustia del hombre de nuestros días. Pero la lectura de ‘Cuando Kafka vino hacia mí…’, una recopilación de recuerdos de quienes lo conocieron, me ha dejado una imagen diferente, humana e integral, de este enigmático escritor. Los testimonios, superando circunstanciales contradicciones, son coincidentes y destacan las características más visibles de su compleja y escindida personalidad. Dora Geritt, por ejemplo, expresa: “Kafka sabía encontrarle a todo un lado luminoso. Era como entrar en un mar iluminado por el sol cuya superficie vibrara con miles de ondas resplandecientes”.

Dora Diamant, la compañera de sus últimos años, recuerda una anécdota conmovedora. Cuenta que, cuando vivían en Berlín, iban con frecuencia a un parque. “Un día nos encontramos a una niña pequeña que lloraba y parecía totalmente desesperada. Hablamos con ella. Franz le preguntó qué era lo que la apenaba, y nos enteramos de que había perdido su muñeca. Enseguida inventa él una historia con la que explicar aquella desaparición. ‘Tu muñeca tan sólo está haciendo un viaje. Lo sé. Me ha enviado una carta’. La niña desconfió un poco: ‘¿La has traído?’ ‘No, la he dejado en casa, pero mañana te la traeré’. La niña, ahora curiosa, ya había olvidado en parte su pena. Y Franz volvió enseguida a casa para escribir la carta”.

Todos los días, Franz Kafka, con alegría, minuciosidad y sentido del humor, escribió para la niña una carta de su muñeca: ella le contaba que se había alejado porque sentía la necesidad de cambiar su vida. Había crecido, había asistido al colegio, había conocido a otras personas y, finalmente, se había casado. “Primero describió al joven marido, la fiesta de compromiso, los preparativos de boda. Después, con todo detalle, la casa de los recién casados”. El juego duró, según Dora Diamand, por lo menos tres semanas. “Al cabo de unos días, la niña había olvidado la verdadera pérdida de su juguete y ya sólo pensaba en la ficción que se le había ofrecido como sustituto… Así se la preparó para la inevitable renuncia”.