Monseñor Julio Parrilla

Juventud y violencia

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Es tristedecirlo pero, muchas veces, van de la mano. La violencia nos envuelve y se ceba en las personas más frágiles, más pobres y marginales. Claro que los ricos también lloran, envueltos en el mismo manto de dolor, protagonistas todos de la misma crónica roja.

Pero, si ustedes se dan cuenta, la inmensa mayoría de los cadáveres que salpican nuestras conciencias adormecidas, pertenece a la pobre gente, a los atrapados en la telaraña de la delincuencia, de la droga, de las cárceles, de los Guasmos infinitos que rodean nuestras ciudades…

Es ahí, en la pobreza lacerante, donde hay que poner el dedo, porque esa es la llaga que rezuma tanto dolor. Las grandes ciudades también forman parte de nuestras periferias existenciales y son la manifestación descarnada de esta sociedad enferma en la que vivimos. Ciertamente que hay que reprimir el mal y que una sociedad tiene el derecho y la obligación de defenderse de aquellos que roban, secuestran, violan y matan,… pero, si queremos ir a la raíz del problema, será necesario trabajar por la justicia y luchar contra la pobreza, educar y capacitar, invertir y crear puestos de trabajo, soñar y comprometerse en el largo y no siempre fácil camino de la dignidad.

Más de un tercio de la población del continente vive en ciudades de más de un millón de habitantes. Pronto el Distrito Federal de México sobrepasará los 30 millones de personas, solo Dios sabe, muchas de ellas, en qué condiciones de vida… La gran ciudad parece ser sinónimo de grandes masas, despersonalización, desorganización, malas condiciones de vida, delincuencia y violencia. La realidad bucólica, rural y campesina de nuestros padres y abuelos se ha convertido en algo duro y difícil de digerir.

Nuestras culturas urbanas son, en gran medida, tareas pendientes. Son muchos, todavía, los que tienen como tarea fundamental el subsistir. Pienso, sobre todo, en los jóvenes de nuestros barrios marginales, víctimas de los intereses del mercado, blanco y negro, marcados a fuego por la desestructuración familiar, la falta de educación y de oportunidades, la delincuencia, la droga, el alcohol… Muchos de ellos solo encuentran afecto y seguridad en la pandilla, entre sus iguales. Son los hijos de la calle, navegantes a la deriva que han hecho de la satisfacción inmediata de los deseos su ley y su norte.

No se trata solo de un problema moral o social. Se trata de un cuestionamiento político que deja en evidencia la capacidad o incapacidad de construir país y futuro. Vivo convencido de que el Dios de la vida quiere para nuestros jóvenes desubicados y perdidos un futuro infinitamente mejor: sin frustraciones ni marginaciones, un mundo de esperanza, donde la vida digna y plena sea abundante y accesible para todos.

No es suficiente con la represión, el palo y tente tieso,… Sería solo pan para hoy y hambre para mañana. Nuestras ciudades tienen que ser humanas, sinónimo de educación, trabajo y dignidad. Mientras tanto, la tarea sigue pendiente.