Monseñor Julio Parrilla

La ética maltratada

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Es una pena y una desgracia que la política no siempre vaya de la mano de la ética. Es la eterna lucha de siempre entre los fines y los medios, la moral y lo legal, la fuerza y el derecho… Es triste que en la vida política se imponga el “va porque va” que es, en el fondo, una simple expresión de fuerza a la que el poder nos tiene acostumbrados. Para ejemplo, dos botones de muestra que reflejan la fragilidad de la democracia, casi siempre sometida a los intereses del poder.

Uno. El último intento de Obama para cerrar el penal de Guantánamo. Si lo importante es el gesto, el plan sería todo un éxito. Sus palabras son realmente chocantes: “La existencia de Guantánamo es contraria a los valores norteamericanos”, y chocante también el eco de su propuesta. Si, por un lado, el penal ha sido sinónimo, durante todos estos años, de detenciones sin cargos, en territorio extranjero para burlar la ley, pedir hoy, por otro lado, al Congreso de los Estados Unidos que designe un lugar seguro en territorio americano para los detenidos que no pueden ser transferidos a terceros países, es pedir la luna. Guantánamo es una mancha para la historia de los derechos humanos de Estados Unidos, así como para los organismos internacionales, expertos en hacer denuncias a media voz frente a los poderosos del mundo.

De los 779 presos que llegó a albergar Guantánamo, hoy quedan 91, de los que 24 tienen la etiqueta de “prisioneros para siempre”, sin cargos ni juicio. Esta es la verdad. Si el nuevo presidente (o presidenta) es demócrata, puede que algún día Guantánamo se cierre. Con Trump las cosas serían bien diferentes. Experto en levantar muros (no en construir puentes), el candidato republicano ha dicho “que llenará el penal con más detenidos”. Marco Rubio no se quedó atrás: “No sólo no voy a cerrar Guantánamo cuando sea presidente… Si capturamos a algún terrorista vivo, no va a tener una audiencia,… va a ir a Guantánamo y vamos a descubrir todo lo que sabe”. Frente al terror no puede haber complacencia, pero la ética política y el Estado de Derecho exigen para cualquier ser humano el debido proceso. Más allá de sus buenas intenciones de final de periodo, Obama no tendrá mucho éxito en su propuesta.

Dos. Casi sin quererlo, nos hemos acostumbrado a ver las dramáticas fotografías de refugiados y migrantes. Nos toca ser testigos de cómo en las fronteras del sur de Europa se vulneran los derechos humanos. Hoy prevalece la imagen de una Europa alambrada, de tal forma que migrantes y refugiados se van convirtiendo en una cuestión sin respuesta, en un drama que cuestiona políticas y principios democráticos que parecían asumidos y, ante el peso de la amenaza, han saltado por los aires.
Queda en entredicho el fracaso de la ética civil, ilustrada y culta, de una sociedad encerrada en su bienestar e incapaz de motivar la generosidad y la solidaridad del hombre.