Carlos Alberto Montaner

El inventor y el capataz

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23 de July de 2013 00:02

Los agarraron en el Canal de Panamá con las manos en los misiles. El castrismo no cambia. Su complicidad con Corea del Norte lo demuestra. Lo advirtió el Jefe del Estado Mayor coreano, general Kim Kyok Sik: "Visito a Cuba para encontrarme con los compañeros de la misma trinchera, que son los compañeros cubanos".

Además, Raúl Castro está muy molesto. El país es un desastre. Lo dijo hace unos días. Los cubanos son ladrones y vulgares, especialmente los jóvenes, que sólo se dedican a perrear y al reguetón. Había prometido que todo el mundo se podría tomar un vaso de leche y no lo ha conseguido. Ni siquiera eso.

No hay manera de acabar con el racionamiento ni con el truco de las dos monedas. El Estado paga con la que no tiene valor, y vende en la que vale mucho. Raúl sabe que perpetra una estafa, pero no pone fin al delito.

Nada nuevo. Hace 25 años, Raúl Castro comenzó a darse cuenta de que el comunismo cubano era improductivo. Entonces mandó a algunos de sus oficiales a cursos de gerencia en varios países capitalistas. Creía que era un problema administrativo. Acababa de leer Perestroika, de Gorbachov, y estaba deslumbrado.

Todavía no entendía que la teoría marxista siempre conducía a la catástrofe. El mal comenzaba en las premisas teóricas.

Hoy es diferente. Raúl ya sabe que las recetas colectivistas y el materialismo dialéctico sólo sirven para mantenerse en el poder .

Pero aquí viene la paradoja. ¿Cómo Raúl quiere salvar un sistema en el que ya no creen ni él ni sus más próximos subordinados? Lo ha dicho: cambiando la forma de producir. Inventando un robusto tejido empresarial socialista, eficiente, competitivo y escrupulosamente manejado por cuadros comunistas transformados en gerentes honrados que trabajarán incansablemente sin buscar ventajas personales. Ya que no pudo crear hombres nuevos, Raúl quiere crear burócratas nuevos.

O sea, una variante de los delirios fidelistas. Mientras Fidel era el inventor genial de vacas prodigiosamente lecheras, Raúl es el capataz organizado y con la mano dura, que cree poder darle la vuelta a la tortilla mediante controles y vigilancia.

Ese vigoroso aparato estatal raulista coexistiría junto a un deliberadamente frágil y vigilado sector privado, concebido para prestar pequeños servicios y ser el desaguadero de la mano de obra excedente del sector público. Ahora los cuentapropistas están bajo ataque porque algunos, supuestamente, se enriquecen. Raúl quiere un capitalismo sin capital. Otro prodigio.

¿Cuánto demorará Raúl Castro en descubrir que su reforma tampoco funcionará porque es tan irreal como las locuras agropecuarias de Fidel? Gorbachov tardó cinco años en admitir que el sistema no era reformable y había que demolerlo. A Raúl, aunque es duro de entendederas, eventualmente, le ocurrirá lo mismo. Su hermano Fidel siempre lo decía, como reveló el padre Llorente, maestro de ambos: este muchacho no es muy brillante.