Juan Valdano

Los intelectuales y la política

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6 de junio de 2014 19:30

Desde la antigüedad y hasta hace poco era posible y aun deseable una fructífera relación entre filósofos y políticos. Al gran Alejandro Magno le cupo la suerte de tener como maestro a Aristóteles.

En cada época hubo un sano entendimiento entre el hombre de acción y el hombre de ideas. Junto al poder estuvo el filósofo o el legista, esa élite selecta capaz de descifrar el intrincado universo del comportamiento humano.

A partir del siglo XIX (y luego del caso Dreyfus) este grupo social, minoritario pero respetado, y cuya tarea ha sido trabajar con las ideas, proponer teorías y ejercer la crítica, se lo conoce como “intelectuales”. A lo largo del siglo XX la opinión de los intelectuales generalmente fue atendida y enaltecida, influyó en la opinión pública tanto que hubo pensadores que tras sí arrastraron secuelas de seguidores (Sartre, Marcuse). Sin embargo, no por ello la vinculación del hombre de ideas con el poder político dejó de ser compleja y azarosa. Los intelectuales optaron por distintas posturas: unos escogieron la adhesión ciega (compromiso) frente a una ideología o un régimen (Sartre se hizo de la vista gorda ante el gulag soviético, Neruda elogió a Stalin); otros, en cambio, fueron hostiles ante esos mismos poderes (Chomsky y su crítica al capitalismo). Y a pesar de ello, siempre se respetaron los principios liberales de libertad, tolerancia y respeto al disidente.

Hoy en día, y luego de ver lo que ocurre en el orden público, no faltan quienes se preguntan ¿dónde están los intelectuales? Tal parece que una pesada losa de silencio los sepulta. Los tiempos que corren no son buenos para la expresión del pensamiento crítico y transgresor. Los caminos para la opinión disidente están cerrados. Los políticos de ahora no requieren de letrados ni de teóricos sociales; al contrario, desconfían de ellos. Los ideólogos del poder son, ahora, aquellos que manejan el marketing de la política, los magos del maquillaje y la publicidad mentirosa. La concepción de la política se ha banalizado, su ejercicio se ha vaciado de humanismo, ha pasado a ser un espectáculo vulgar que se representa desde una tarima.

Hay mucho grito destemplado. La tolerancia de la que habló Voltaire ha pasado a ser símbolo de debilidad, en vez de democracia hay autocracia; en vez de tolerancia, intransigencia; en vez de diálogo, autoritarismo. Para proceder así, el político ya no necesita de la palabra mesurada del filósofo.

En cada época el intelectual ha dicho siempre su verdad, la cual ha sido crítica y nunca complaciente. Su voz es el termómetro de la injerencia del poder en la vida de la sociedad. Si el intelectual se calla, renuncia a su responsabilidad frente a la historia; su silencio es un síntoma de que la vida espiritual de la sociedad y su ansia de libertad han sido ahogadas por el temor o el servilismo.