Fernando Tinajero

Una ausencia dolorosa

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Hace poco aludí, en esta misma columna, a la excelente “Historia de los intelectuales en América Latina”, compuesta por un equipo de 58 especialistas de casi todos los países de este continente, con excepción del Ecuador. Hoy quisiera agregar que excelencia no es sinónimo de perfección, no solo porque nada es perfecto en este mundo, sino también porque la excelencia no está reñida con vacíos que pudieron llenarse.

Editada en 2008, esta obra llegó a Quito cuatro años después y, al ser advertido por Mónica Varea sobre el reducidísimo número de ejemplares disponibles, me apresuré a adquirir uno de ellos. Lo primero que hice al tener en mis manos los dos gruesos volúmenes ( 1 400 páginas), fue mirar el índice para saber qué había del Ecuador. Grande fue mi sorpresa al no encontrar nada. Nada. No encontré absolutamente nada. Fui entonces al índice onomástico, y solo encontré a dos de los ecuatorianos: Vicente Rocafuerte y Gonzalo Zaldumbide. Al primero se le nombra 14 veces y Jorge Myers concede a su extensa obra una muy merecida atención puesto que en ella está contenido el pensamiento liberal que cimentó la creación de las repúblicas sudamericanas. Al segundo, Carlos Altamirano le nombra de pasada una sola vez en su introducción al segundo volumen, aunque no deja constancia de ninguna de sus obras, y Beatriz Colombi le nombra tres veces entre los escritores que en las primeras décadas del siglo XX inventaron el mito de la latinidad de la América morena.

Desde entonces me he preguntado muchas veces cuál es la razón de que nuestros intelectuales se encuentren ausentes de esas páginas. Evidentemente, solo dos de sus colaboradores tenían noticias de la existencia de dos de nuestras figuras relevantes; pero no puedo acusar de nada a los demás autores. Creo que, por mucho que nos pese, los culpables de nuestra ausencia somos nosotros mismos, los ecuatorianos, y sobre todo quienes han ejercido funciones de dirección en las instituciones culturales, ninguna de las cuales ha tenido una adecuada política de difusión de nuestros valores intelectuales ni ha podido construir un sistema eficaz de distribución de publicaciones. Las que aquí se hacen, jamás llegan a todas las ciudades del Ecuador, y mucho menos a las de otros países.

Nuestra ausencia de las páginas de la historia que comento no es la única, en efecto. Hay muchas otras obras que se refieren a la producción intelectual de nuestra América en las cuales se puede comprobar esa misma ausencia Es doloroso saber que las voces de nuestros intelectuales son por desgracia voces que no tienen ningún eco, aunque muchos de nuestros autores no tienen nada que envidiar a los de otros países. En otro tiempo tuvieron importancia localmente; hoy han sido ya sustituidos por los técnicos, cuya presencia es positiva, desde luego, pero lo sería más si fuese compartida con quienes no olvidan que los seres humanos no necesitamos solamente pan y casa, sino también ideas y valores.