Monseñor Julio Parrilla

Nuestra responsabilidad

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Que los cristianos defendamos la creación no es el fruto de un capricho, de una ideología o de una determinada postura política, sino que es algo que nace de nuestra propia fe. Cuando afirmamos estas cosas, muchos se ponen a la defensiva pensando que la Iglesia puede estar contra el progreso, en virtud de un planteamiento conservacionista.

La técnica y la ciencia son algo maravilloso, que pueden resolver grandes problemas. Sería un gravísimo error separarlas de la defensa de la vida, del desarrollo de la agricultura, de la explotación de los recursos energéticos,… pero, desde la ética, siempre tendremos que preguntarnos por el valor de la vida, del medioambiente, de la explotación de la tierra,… si dicho valor está al servicio de la dignidad del hombre y del bien común,… Estas son las preguntas fundamentales que Francisco se hace en su fresca y provocadora Laudatio Si.

Hay que reconocer que no todo el mundo se hace estas preguntas, que a muchos les parecerán contraproducentes, especialmente cuando se trata de hacer un negocio, defender los propios intereses financieros o acolitar una determinada decisión política… Y, sin embargo, no todo vale.

Pensemos en los desafíos de la investigación genética o del ecosistema. Son temas que nos ubican en una dimensión social, política y ética. ¿De dónde nace el posible conflicto? Sin duda, de la pretensión (fundamentalmente por razones económicas) de ejercer un dominio absoluto sobre la naturaleza. Si el hombre es capaz de destruir al hombre (¿es posible un discurso inocente después de Auschwitz, de los infinitos Auschwitz de la historia?), ¿no será capaz de destruir el mundo en el que habita?
Los avances tecnológicos han dejado en evidencia nuestra capacidad para explotar los recursos naturales. Esta capacidad es una gran posibilidad, pero es también una gran amenaza. Quizá porque muchos todavía piensan que existe una posibilidad ilimitada de energía y de recursos renovables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de una manipulación salvaje de la naturaleza pueden ser absorbidos o restaurados. Nada más falso. Desde la voracidad de transnacionales o de gobiernos inescrupulosos, asistimos a planteamientos reductivos que entienden el mundo y el desarrollo en clave consumista. La crisis, casi endémica, entre el hombre y el ambiente, no tanto por el abuso, cuanto por el mismo hecho de que el ambiente, considerado como “recurso”, pone en peligro el ambiente considerado como “casa”. Es fácil pensar que “todo vale” para satisfacer la codicia.

En este Chimborazo en el que vivo, muchos no entienden que la destrucción de los páramos supone la destrucción de las más importantes fuentes de agua. Los humedales del páramo son un milagro maravilloso que garantiza el agua de nuestros ríos y de nuestras comunidades. Responsabilidades tan grandes, son de todos.

jparilla@elcomercio.org