Marcelo Ortiz

La Iglesia y el poder absoluto

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Lamentablemente, ha llegado a un nivel de confrontación el poder presidencial absoluto con la Iglesia ecuatoriana. Nunca habríamos pensado que la pasión política cruce esos linderos, peor aún que esto se produzca por las declaraciones públicas de Alexis Mera, el asesor jurídico máximo del correísmo.

Doctrinariamente, en el seno de verdaderas sociedades democráticas, es imposible que esto haya sucedido, y lo que pudo haber quedado en este sector secundario del Gobierno, al declarar el Presidente de la República en la última sabatina de 29 de agosto: “…por ahí salió un curita, no hablando como pastor sino como jefe de campaña del eterno candidato del Opus Dei –refiriéndose a Guillermo Lasso- y después se quejan de recibir respuestas políticas”.

Por su parte, Fausto Trávez, arzobispo de Quito, dijo que la normativa religiosa nos impide hacer política partidista, y que la Iglesia Católica, “jamás se alineará con un partido. La política de la institución es el bien común”. Agregó, que no cree que se encuentre en ninguna campaña.

El mutuo respeto que debe practicarse entre Iglesia y Gobierno ha sido roto por las violentas afirmaciones que hizo Mera en torno a que el arzobispo de Guayaquil, monseñor Antonio Arregui, era “un insolente recadero de la derecha”, porque ubicó sus palabras en el campo político cuando siempre ha sido esa palabra arzobispal de mucha mesura y altura religiosa. Más aún, el ahondamiento de esta crisis innecesaria ha llegado al envío de una carta de protesta ante monseñor Giacomo Otonello, Nuncio apostólico-representante del Papa en el Ecuador. Mientras que la Asociación de Empresarios emitió un comunicado de respaldo irrestricto a monseñor Arregui.

Cabe recordar el análisis que hace Sigmund Freud de la Iglesia Católica como masa de creyentes que consideran a Cristo como el bondadoso hermano mayor, una equivalencia a un padre, y a todos los fieles con idéntica participación en ese amor divino, que equivale a una ilusión necesaria de sentir la presencia visible e invisible del Papa como representante de Cristo.

Este aporte doctrinario justifica la necesaria e histórica separación del fuero interno que tienen las personas como parte de la sociedad, y por eso, cualquier alto nivel de la jerarquía católica ecuatoriana nunca invade el campo de la política, ni partidaria, peor gubernamental. Lo que sí cabe resaltar es que siendo la mayoría de nuestro pueblo católica, debe respetarse el apostolado que desempeñan sus jerarquías, desde la cúpula hasta el mensaje del último sacerdote.

Para concluir, es pertinente que esta confrontación sea la oportunidad para que el Gobierno rectifique lo acontecido, mediante las disculpas, no del canciller Ricardo Patiño, sino del Dr. Alexis Mera, quien profirió la frase, con lo cual la armonía entre Iglesia y Estado tomarían los cauces que siempre han tenido a lo largo de la vida republicana, respetando siempre las opiniones de la Iglesia que nunca fueron políticas.

mortiz@elcomercio.org