16 de January de 2011 00:00

Hora de la verdad

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Marco Arauz

Circula en estos días un documento de septiembre del 2010 en donde se hace un análisis serio sobre los precios de los combustibles y se advierte la necesidad de eliminar paulatinamente los subsidios hasta alcanzar precios reales. Los funcionarios del Gobierno, con el presidente Rafael Correa a la cabeza, han salido a decir que solo se trata de una “matematización” para monitorear la economía.

El documento de 114 páginas, sin embargo, es absolutamente detallado sobre lo que sucede con el gas licuado de petróleo, con el diésel, el fuel oil y las gasolinas. Sobre el primero, se advierte que la tendencia a usarlo en actividades distintas al consumo doméstico se reforzará en el futuro, con repercusiones graves para el desarrollo económico del país a través de requerimientos inmanejables de financiamiento para el Gobierno, “si no se aplican medidas de racionalización y focalización del subsidio”.

Entre las soluciones, se habla de una política de sustitución del gas licuado de petróleo a través del desarrollo de proyectos hidroeléctricos, de energía solar y de gas natural, así como del control de usos ilegales. En el mismo estudio, sin embargo, se apunta a que el sector eléctrico necesitaba el año pasado USD 2 060 millones (el 82% corresponde a inversión), los cuales por las disposiciones legales vigentes no pueden ser cubiertos por las tarifas eléctricas. En lugar de ir hacia una política realista, el Gobierno ha decidido seguir subiendo las tarifas a quienes consumen más, lo cual no será sino un pequeño paliativo al problema de fondo.

En cuanto a las gasolinas extra y súper, se dice que su consumo es exclusivo del parque automotor tanto público como privado, y se sugiere, al igual que en el caso del diésel, aplicar una política de precios promedio ponderados, de modo que gradualmente se alcance el precio internacional.

La mayoría de beneficiarios de los precios subsidiados de la gasolina no son necesariamente los pobladores con menos recursos, pero en este caso también pare-ce imponerse la visión demagógica, pese a que si bien el Estado se beneficia de los precios mundiales del crudo que exporta, en cambio asume un enorme peso por la importación de los derivados de crudo.

Un ex Presidente colombiano, de visita por el Ecuador hace pocas semanas, pidió al establecimiento ecuatoriano prepararse a apoyar al presidente Correa cuando le tocara enfrentar momentos distintos a los que se derivan del excesivo gasto público sin sustento, es decir, cuando haya que afrontar la realidad de una economía que no mejora la productividad y que no estimula la competitividad ni la inversión.

Pese a todas las evidencias, el Gobierno parece estimar que ese momento está todavía muy lejano y prefiere seguir pendiente del ruido que se escucha desde las tarimas. Es una lástima que la demagogia impida un debate tan serio como oportuno.

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