Monseñor Julio Parrilla

Del hombre exitoso

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Me disculparán si filosofo un poco, pero, últimamente, estuve en una reunión de hombres exitosos, buenos profesionales, jóvenes en su mayoría. Rezumaban esa seguridad propia del que se siente feliz y saborea el buen resultado de un negocio. Pero no es oro todo lo que reluce.

Decía Thomas Merton que podemos emplear toda la vida subiendo la escalera del éxito y que, cuando llegamos a la cima, muchas veces descubrimos que la escalera estaba apoyada en una pared equivocada. Así les pasa a las víctimas de esta sociedad confusa y relativa que te dice que lo importante es subir y estar arriba, sin aportarte ni inquietudes ni valores suficientemente liberadores. Has alcanzado el poder, el prestigio o la plata, pero sigues siendo un cretino a la hora de amar. Digo estas cosas pensando en los jóvenes tiburones de nuestra burguesía urbana, con la cabeza bien amueblada, sus títulos académicos y la ambición, como la clara de huevo, a punto de nieve… Brillantes en sus trabajos, pero no siempre en amores y amoríos.

Hoy, el prototipo del hombre exitoso aparece como ajeno al dolor o al fracaso. Quizá por eso, el umbral de resistencia emocional, salvo a la hora de ganar plata, se ha vuelto tan endeble. Ante la primera dificultad de la pareja, moraleja: “Coge la joven y bota la vieja”. Esta cultura narcisista y provisional en la que vivimos nos lleva a no luchar por lo que tenemos, ni siquiera a defender lo que decimos amar, sino a abrir las infinitas posibilidades del recambio. Todo es posible, todo vale, con tal de estar bien, aunque nuestro entorno se caiga a pedazos, aunque nosotros mismos no sepamos dar razón de nuestra vida.

En el viaje de la segunda mitad de la vida está programado algún tipo de caída, para la que nuestros jóvenes exitosos no siempre están preparados. El sufrimiento es necesario y, por decirlo de algún modo, inevitable. Es parte del esquema de pérdida y renovación que todo ser humano necesita para acabar de crecer. La vida no es, ni lo ha sido nunca, una línea recta hacia adelante. Es pérdida y renovación, caos y sanación. Es evidente que, en este segundo momento poseemos menos poder para embobar a otro, para controlar o herir. La cosa se complica cuando entramos en la vejez y, más allá del maquillaje, nos damos cuenta de que nuestra autonomía e independencia han quedado aguadas por los años, los achaques o la indiferencia de quienes nos rodean.

Lo cierto es que no todo el mundo está preparado para semejante travesía. Es algo que sólo se cumple en nuestra interioridad, la única cartografía garantizada. Por eso, huyan de la existencia narcisista y pregúntense qué se puede hacer a favor de la verdad, de la justicia y del bien, de esa dignidad humana que, inevitablemente, pasa por el amor. En él radica la clave del auténtico éxito y la posibilidad de que los últimos sean los primeros.

jparrilla@elcomercio.org