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9 de March de 2014 00:01

Es como un grito que se repite a lo largo del Evangelio. Una palabra dura para aquellos que tienen endurecida la cabeza y el corazón. Jesús se rasgará las vestiduras ante el engaño de aquellos que mienten en beneficio propio. Es el primer mensaje de la Cuaresma: si quiere entrar en el Reino de Dios tiene que ser sincero.

Lamentablemente, la hipocresía, a lo largo de la historia, se ha convertido en compañera de camino del ser humano. Sobre la sinceridad de las palabras y de los sentimientos prevalecen el engaño y la mentira. Ocurre en la vida política, económica, profesional, familiar... Casi sin quererlo, como una especie de subcultura inevitable adherida a nuestra piel, nos hemos acostumbrado a mentir y a aparentar lo que no somos ni amamos. Antes que ser nosotros mismos, preferimos reinventarnos según la demanda del mercado. Escondido queda ese fondo de verdad en el que, todavía, nos atrevemos a llamar a las cosas por su nombre, siempre y cuando estemos solos y no nos comprometa demasiado...

Pasada la resaca de las elecciones, conviene gritar a los vencedores que no sean hipócritas. Seguramente, en la refriega de la batalla han dicho palabras o han hecho gestos que no se creen ni ellos. Pareciera que las batallas justificaran todos los excesos. Pero, tomada la posesión del cargo, conviene aterrizar en la verdad, porque es ella la única capaz de hacernos libres. Si fueron elegidos en democracia, defiendan la democracia. Si fueron elegidos para servir, sirvan al pueblo antes que a sus propios intereses. Si alguien confió en ustedes, no defrauden la confianza. Y, si en sus discursos hablaron de los pobres, no los abandonen. Lo contrario es hipocresía. Cuando Jesús la denuncia, el pueblo sencillo entiende su mensaje, porque tiene la experiencia de que la hipocresía manda y, en algún momento, acaba rebelándose contra ella.

Para muchos, las elecciones han sido un espacio de mercadeo que rebaja el accionar político y lo deshumaniza. Difícil redimir semejante dislate... Quien hace de la política un negocio nunca buscará el bien común, ni la dignidad de la persona, ni el desarrollo integral de los pequeños... Más bien estará pendiente de su casa, de su bolsa o de no perder su pequeña parcela de poder. Quien así actúa vacía de contenidos liberadores la política y la hace odiosa. El pueblo tiene un especial olfato para detectar la hipocresía. Dispuesto a perdonar cualquier debilidad humana, se vuelve implacable con los mentirosos. Ejemplo de hipócrita era el Tartufo, inmortalizado por Molière. Hasta el final mantuvo intacta su careta. Por eso, cuando al final de la obra, lo detiene la autoridad, se vuelve al cielo, puño en alto, y exclama dirigiéndose a su Dios particular: "¡Que me hagas a mí esto, con la de favores que te hice!".

Fantástica resulta la liturgia cuaresmal cuando, desde el primer momento, al amparo de la humilde ceniza, nos recuerda que no hay ayuno, ni limosna, ni plegaria que agraden a Dios si el corazón no es sincero. El grito del Nazareno se ha ido multiplicando y repitiendo como un eco a lo largo del tiempo, hasta llegar a nuestra conciencia personal y colectiva. Hoy sabemos que la hipocresía es capaz de destruir al hipócrita.