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Nuestro país está sediento de inteligencia crítica y de humor.

Con inteligencia crítica y humor resumió el inolvidable amigo, uno de los más lúcidos rectores de la Universidad Católica del Ecuador, Hernán Malo, aquello que es y ha de seguir siendo la universidad universal: ‘una institución perversa’. Desde entonces, la mayoría de los llamados a decir, dirigir o esclarecer la situación de la universidad ecuatoriana, sus postulados y condiciones, la han empleado, no en el sentido en que lo dijo el jesuita, sino en el de su conveniencia, adaptándola a la coyuntura recién creada o por crear; desvirtuándola perversamente.

Perverso es lo “sumamente malo, que causa daño intencionadamente” y cuanto “corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas”. Como ni en el peor de los mundos es posible atribuir a la universidad como institución la intención manifiesta de causar daño, preguntémonos si es dable aceptar que la universidad corrompa las costumbres, el orden y el estado habitual de las cosas.

Quienes concebimos la universidad como una institución de enseñanza con destino crítico, que asume las carencias y mentiras del orden constituido (¿desde cuándo ese ‘orden constituido’ es perfecto?) para luchar contra ellas; quienes sabemos que en el ámbito universitario, a base de estudio y reflexión, se comienza a salir del limbo intelectual, moral y estético en que viven aun los mejores, y a comprender que, por principio, la sociedad humana no es ideal, pues contiene todos los defectos atribuibles a nuestra propia condición: capacidad de equívoco, injusticia, egoísmo. Quienes condenamos la política en su deleznable abuso y a los políticos que, mareados por el poder, se adjudican la prerrogativa de la verdad y pretenden que sus actos se tomen como perfectos; quienes clamamos por que la universidad procure a los estudiantes el bagaje cognoscitivo y crítico a base del cual ansíen estudiar, corregir y perfeccionar la sociedad, nos hallamos, quizá sin haberlo sabido, en ese deseable ámbito de ‘perversidad’, lugar de valientes, donde vivir autocríticamente en procura del cambio en el entorno familiar, social y político; donde reprobar lo reprobable y convenir en que la educación, por definición y por destino, ha de procurar actitudes insatisfechas, maneras de enfrentar la verdad y de quitar la comodidad de una existencia que requiere de lucidez, censura y mudanza.

La conciencia crítica se basa en el estudio y la profundización intelectual, y brota de las universidades en su destino creador líderes, de gente de pensamiento y acción. Y pues no existe conciencia crítica posible sin libertad, la universidad ha de crear en libertad ciudadanos libres, no dogmáticos; contestatarios, no subordinados; ‘perversos’ en cuanto procuren que la insatisfacción ante lo dado se constituya en la forma de requerir un orden humanodigno, primordial. El Ecuador está desesperadamente sediento de inteligencia crítica. ¿Dónde, encontrarla, sino en la universidad?