Miguel Rivadeneira

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No es para menos que les produzca estrés las últimas medidas económicas, que son impopulares y afectan al bolsillo de la mayoría de ecuatorianos. Decir lo contrario, aunque lo repitan mil veces, es tapar el sol con un dedo. Uno es el discurso, la propaganda oficial y las amenazas de castigar el aumento de precios y la especulación y otra la realidad que vive la gente, de manera especial las clases media y baja.

Basta ir a los mercados o supermercados para corroborar que las últimas medidas, que implicaron el aumento de aranceles en 2 800 subpartidas, comienzan a pasar factura en los precios por los costos directos e indirectos, aunque las autoridades intenten justificar que esto es temporal, “solo” por 15 meses. ¿Quién garantiza que luego se vuelva a los precios anteriores o cómo pedir a una familia que necesita algún producto para hoy que postergue su compra hasta mediados del año entrante?
Mucho se ha hablado, con razón, de impulsar la producción nacional para reemplazar a los importados. Es un buen deseo pero se ha avanzado poco con la “revolución agraria”.

Se puede abundar en productos, pero solo para citar unos la manzana y la uva chilenas resultan más baratas que la producción local, especialmente la de Ambato, muy buena pero más cara que la importada y no abastece a todo el mercado.

En un incremento arancelario que va del 5 al 45 %, no solo a productos sino a insumos que encarecen los costos de la producción nacional, el traslado al comprador a veces se refleja mucho más allá de esos rangos. El control de precios en la práctica resulta muy difícil, aunque los discursos intenten demostrar lo contrario o se sancione a unos pocos. Daría la impresión que se vive en dos países: el de la versión oficial y el de la realidad de los mercados, lo cual percibe y está consciente la gente.

Lo penoso es que tanto se criticó al pasado –aunque ya han transcurrido 8 años de gobierno- para caer en las mismas medidas impopulares, en medio de la lentitud administrativa por la pesada carga en los trámites burocráticos, que no ha mejorado y recién se dan cuenta. Se lamenta no haber tenido un fondo de respaldo frente a crisis eventuales, que ha ayudado a otros países para enfrentar mayores problemas como terremotos o tsunamis. ¿Cómo le hubiera encontrado al Ecuador esta crisis si hubiese tenido un fondo de los años de la bonanza y el dispendio? Tanto se ha hablado del milagro ecuatoriano y cuando cae el precio del crudo daría la impresión que el milagro ha sido por el petróleo.

Recién cuando se presenta esta situación se intenta enviar mensajes de cautela. La crisis es una oportunidad y debería servir para hacer una lectura correcta de las masivas marchas de protesta que crecen paulatinamente en el país, bajar los niveles de confrontación y división, el autoritarismo, la prepotencia, intolerancia e impaciencia y buscar un diálogo eficaz con todos los sectores.

mrivadeneira@elcomercio.org