20 de March de 2011 00:00

Hablando de pecado

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¿Será una osadía hablar del pecado en los tiempos que corren, en un periódico tan técnico, urbano y secularizado? Un año más, los cristianos estamos inmersos en el tiempo cuaresmal y ello me invita a hablarles del tema... Para muchas personas quizá les resulte sorprendente.Pero el asunto tiene su importancia, especialmente en estos tiempos en los que, casi sin darnos cuenta (¿será una inconsciencia interesada?) hemos ido pasando de la cultura de la culpa a la cultura de la disculpa. Con la mayor facilidad, muchos tienden a justificarlo todo, también sus propias contradicciones, falencias y debilidades...

Hay gente que dice no saber ya qué es el pecado... Yo creo que la cosa no es del todo así, pues casi todos, salvo algún despistado o desubicado, sabemos distinguir, en el fondo del corazón, el bien del mal, especialmente cuando hacemos daño a los demás e, incluso, a nosotros mismos, cuando quitamos y nos quitamos la dignidad humana.

Los cristianos creemos que estamos llamados a vivir en comunión con Dios. Cuando nos alejamos de él aparece el pecado con su enorme fuerza disgregadora y destructiva. Lo cierto es que las personas, siempre capaces de hacer el bien, de sacrificarse por los demás y de amar sin condiciones, son también capaces de hacer el mal, de destruir, incluso, lo que aman... Oscar Wilde lo decía de forma muy expresiva en la ‘Balada de la cárcel de Reading’: “El hombre es experto en matar lo que ama... A veces lo hace con una mirada, otras veces con un puñal, otras, con un beso”. Y es que el pecado tiene el poder de destruir el orden interior, la armonía... Tiene el poder de causar un profundo desorden en el corazón y en las relaciones humanas.

Consentido y alimentado, el pecado es causa de infinitos males: la infidelidad, la violencia, la codicia, la mentira, el robo, el crimen, el resentimiento, la exclusión del hermano... toda una maraña de maldades de las que quedamos prisioneros. Por eso, el pecado lleva a la muerte del alma, a la tristeza, a la desorientación, a la desmesura, al daño...

Este tiempo cuaresmal, que comenzamos el Miércoles de Ceniza y terminará con la Semana Santa, es un tiempo espléndido para resituar nuestras prioridades, decirnos la verdad y dejar que Dios nos toque y nos recuerde que en nuestra vida, lejos de cualquier fatalismo, estamos llamados a hacer el bien, a velar por las personas amadas y a humanizar nuestras relaciones. Este es un tiempo de conversión y de cambio, una oportunidad que no deberíamos de perder.

Por eso, amigos, cuiden su alma. No caigan en la tentación de hacerse, poco a poco, desalmados. Detrás de nuestros abandonos y acomodaciones, de nuestras infidelidades, está presente la renuncia a crecer como hijos de Dios y hermanos de los hombres. Siempre tendremos que aprovechar las pequeñas y cotidianas oportunidades que Dios nos da para ser mejores. Eso les deseo, en este tiempo cuaresmal... Oren, sean solidarios, traten de hacer el bien y cuiden la ecología de su alma.

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