César Montúfar

La guerra avisada

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25 de November de 2013 00:01

La presente coyuntura política del país exigía de los actores políticos que militan por fuera del correísmo una sola cosa: unidad. Unidad para alcanzar un objetivo democrático fundamental: detener la avalancha de concentración total del poder en marcha, y que en febrero de 2014 buscará ratificarse en las urnas con otro triunfo electoral del oficialismo. La unidad del no-correísmo, sin duda, resultaba un ejercicio de articulación muy complicado de posiciones y trayectorias disímiles por encima, además, de voluntades y legítimas aspiraciones personales. Junto a ello, se requería de un gigantesco esfuerzo programático para presentar al electorado verdaderos proyectos de gobierno local en capacidad de enfrentar problemas cotidianos y crear bienestar para los ciudadanos, más allá del cemento.

El resultado, una vez cerrado el plazo para la inscripción de candidaturas, es exactamente el contrario. Más allá de unas poquísimas opciones con posibilidad de triunfo limitadas a algunas ciudades y provincias, el escenario de dispersión de la oposición o del no-correísmo es asolador. Candidaturas a Alcaldía y Prefectura en las que Alianza País presenta una sola opción mientras que sus contendores se han fragmentado en tres, cuatro y hasta cinco postulaciones. Cual si fuera poco, los candidatos del oficialismo contarán con el aval y el respaldo militante de su principal cuadro, el Presidente de la República, y de todo el aparato de infraestructura y simbólico del Estado central, y del local en los casos de reelección. Súmese a ello, el método de D'hondt, los nuevos distritos y las reglas de "equidad" para la exposición mediática de los candidatos, con lo que tendremos que la ventaja de la primera minoría, es decir, del oficialismo, será abrumadora.

Por el lado de la oposición qué encontramos además de dispersión. Salvo contadas excepciones a respaldar, prima el voluntarismo, exhibicionismo, "nuevonismo"; encontramos una pavorosa improvisación y la creencia de que las elecciones son juegos de azar en que por un golpe de suerte se puede obtener un buen resultado.

Desde Maquiavelo la fortuna es una dimensión crucial de la política. En el Ecuador, empero, se la diviniza cual si fuera la variable absoluta. Por tanto, el resultado de esta guerra avisada será la consagración de la situación que ya padece el Ecuador, extendida territorialmente hasta el último confín de esta exrepública. Si en las elecciones de febrero pasado se institucionalizó el desequilibrio del poder nacional, lo que está en juego en las elecciones venideras es el control político metro a metro del territorio. El oficialismo sabía muy bien el libreto y lo está recitando a la perfección. La oposición no aprendió que la única vía era sentarse en una mesa de unidad .