Juan Valdano

Místicos y enajenados del Greco

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El arte pictórico del Greco y su extravagante estilo de representar la figura humana fue explicado por Gregorio Marañón, en 1956, como una anormal manifestación de la sensibilidad del pintor debido una “embriaguez de divinidad”, un estado semejante a esa pasión mística que sacó de quicio a obsesos de Dios como Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Luego de su muerte (1614), la pintura de Domenikos Theotocópuli, el Greco, fue paulatinamente rezagada hasta que los románticos, proclives a lo insólito, vieron en él a un genio “fou”.

El milagro del Greco fue uno más de esa España secreta de místicos, ascetas y enajenados, uno más de ese país de hechizados por el oro y la grandeza, uno entre tantos de ese siglo que corre entre los Reyes Católicos y la Invencible, siglo de heroísmos, de hidalgos, pícaros y aventureros. El pueblo, aunque hambriento y desarrapado, se contagió por igual del mismo espíritu heroico de la época, se contagió de la vivencia del milagro y de la sensación de que las paradojas son posibles, de que la vida es sueño y lo real es ficción. Razones de las sinrazones que justificaron ideales imposibles, aventuras como aquella “celestial locura donde se aprende la verdadera sabiduría”, pues así Santa Teresa llamó a la suya. No en vano el personaje que define a esa España fue un loco: don Quijote, aquel caballero de la triste figura que se empeñó en forzar la rusticidad cotidiana para ajustarla a sus ideales.

El ambiente de la ciudad de Toledo, capital del imperio en el siglo XVI, hizo posible todas estas expresiones de fuga de la realidad. La pintura del Greco fue una de ellas. Marañón sostuvo que los modelos que Theotocópuli escogía para pintar los rostros de sus santos eran los residentes del Hospital del Nuncio (el manicomio de Toledo). “El Greco pintaba locos, no me cabe duda –arguye este médico español- porque tenía la intuición de la proximidad del desvarió a la santidad”. Verdad es que Velázquez también pintó a cretinos y otros anormales, pero estos están en el polo opuesto de los enajenados del Greco quien buscó capturar en ellos la huella del espíritu a través de lo paradójico.

Después de cuatro siglos de la muerte del Greco, aquello que, en su inicio, pudo ser extravagante, hoy podría parecernos excepcional e incluso cotidiano como tantas otras cosas que se hicieron en aquel singular Siglo de Oro español. Las figuras del Greco, trasuntos de locos a lo divino, las vemos insufladas de espiritualidad suma, cuerpos estilizados, sombras alargadas libres de la horizontalidad del suelo y disparadas en verticalidad celeste. Los personajes que pintó Theotocópuli pudieron ser los habitantes de un manicomio, mas, por el pincel del cretense se convirtieron en cuerpos incendiados, en espiritualidad flamígera, almas que titilan en medio de esa “noche oscura del alma” de la que habló San Juan de la Cruz.