Gonzalo Maldonado

Noctiluca

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14 de junio de 2014 17:30

‘Cada uno da lo que recibe”, dice Jorge Drexler en una canción suya titulada Todo se transforma. El cantautor uruguayo –cuya música no puedo dejar de escuchar– recrea con sonidos y palabras eso que sabemos, o por lo menos intuimos, desde siempre: que absolutamente todas nuestras acciones tienen un efecto –positivo o negativo– sobre los demás y sobre nosotros mismos.

Este axioma –o ley de la vida, como quieran llamarlo– es mucho más evidente en las relaciones entre padres e hijos. Los papás determinamos en buena medida el destino de nuestros niños, no sólo por el tipo de educación formal que seamos capaces de pagarles, sino también por la clase de relación que podamos establecer con ellos.
Alguien que haya recibido afecto durante su niñez podrá construir más fácilmente una relación amorosa con sus hijos porque sus padres le mostraron cómo hacerlo y le dieron, además, los recursos emocionales para acometer esa tarea. A su vez, quien no haya recibido mimos ni cuidados de sus progenitores, podría tener dificultades para construir lazos de afecto con sus hijos.
Esta verdad la sabemos todos, o casi todos, por nuestra propia experiencia como hijos y también gracias a quienes han tenido la generosidad de contarlo. Por ejemplo, en ‘El olvido que seremos’, Héctor Abad Faciolince –ese maestro de la técnica narrativa– cuenta cómo el cariño que su padre le dio, sin cálculo ni reservas, le vacunó contra el miedo durante las circunstancias difíciles que le tocó sufrir más adelante y le insufló el coraje necesario para llevar la vida que él consideró correcta.
William Styron, autor de un estremecedor libro de memorias, ‘Darkness Visible’, cuenta una historia diferente: la de una depresión severa que sufrió y que casi le lleva a la locura y a la muerte. Styron sufría ataques de pánico por hechos tan inocuos como el graznido de un ganso. Llegó a perder el habla y contempló la posibilidad de suicidarse.
Por aquella época, la obra de Styron ya gozaba de reconocimiento generalizado; tenía innumerables propuestas de trabajo, dinero e incluso juventud (tenía 60 años). ¿Por qué entonces su depresión? Porque de niño no tuvo el amor de su madre, explica él.
Paradójicamente, la hija de William Styron, Alexandra, cuenta en sus memorias que su padre repitió el mismo patrón que él vivió de niño y fue una figura lejana y ausente en la familia. Esto, a pesar de que Styron vivía y trabajaba en la misma casa.
Es que cada uno da lo que recibe, como dice Drexler. “Noctiluca” es otro tema de este músico. Es el canto de un hombre asombrado por su inminente paternidad. Talvez debamos escuchar ese tema una y otra vez para celebrar el Día del Padre, mientras pensamos que nuestros actos también forjan el destino de nuestros hijos.