Jorge León

Un gobierno mundial ¿para quién?

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jleon@elcomercio.org

Ante la imposibilidad de resolver los conflictos al nivel interno se acude al mundo internacional, a una maraña de normas y entidades, algunas en competición que, a pesar de todo, definen ciertas pautas de gobernanza mundial. La ONU les orquesta pero a sus 70 años es para muchos un enfermo endémico. A su nacimiento, al fin de la Segunda Guerra Mundial, fue la esperanza de sembrar paz y controlar nuestras destructivas pulsiones de guerra. En contrapeso, se debía generalizar los derechos humanos.

El solo hecho de mantener juntas a las mayores potencias, económicas, militares y políticas, puede ser un éxito. Se evitó guerras y conflictos o se ayudó a terminar algunas gracias a su acción. La ONU también es promotora del “desarrollo”, como lucha contra la pobreza, promoción de bienestar y dar espacio en el mercado y la producción mundiales a los países “subdesarrollados”.

En su evolución, sin embargo, su inmensa burocracia costosa ya no siempre tiene militantes de la paz y del “desarrollo”, sino técnicos especializados en algún dominio sin visión de conjunto. Se encierra en una maraña de papeles para cumplir las normas de funcionamiento burocrático, no tanto los objetivos para disminuir desigualdad y buscar bienestar. Varios gobiernos ahora imponen sus programas para que las oficinas locales de la ONU simplemente les apoyen, aún si no corresponden a los programas u objetivos mundiales. La corrupción también existe, sobre todo en las grandes compras y desastres mundiales.

A pesar de ello, hay pautas de funcionamiento sin las cuales este mundo internacionalizado viviría aún más conflictivamente, las relaciones tan jerárquicas entre Estados de poder muy desigual, organizaciones diversas, poderosas empresas con la mayor riqueza mundial y una emergente sociedad civil internacional. Sin embargo, en los conflictos sobre todo creados por intereses geopolíticos y económicos, las potencias quieren imponerse. Contornan el Consejo de Seguridad o la participación de la ONU, para actuar libremente; así la devalúan y reducen; aún más con el discreto Ban Ki-moon.La ONU no es ahora el actor internacional clave que fue, a veces ni para proponer debates indispensables para construir soluciones. Sigue atrasada ante el cambio del sistema internacional en que el poder económico y político ya no está todo predominante en Occidente sino también en Asia sin que las nuevas potencias tengan su espacio en el Consejo de Seguridad.

Pero la ONU es indispensable para limitar conflictos y promover causas comunes. Hay que renovarla, pues los problemas mundiales se agigantan. Urge reglamentar el sistema financiero, construir más seguridad humana y desarrollo sustentable, luchar contra el armamentismo, p. e., o dar más espacio a la sociedad civil y al diálogo de culturas. En la ONU se repite la lucha social entre las tendencias igualitaristas y las de concentración del poder.