Manuel Terán

Construir el mito

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Desde el día mismo que pisaron Carondelet, su aspiración fue instalarse para siempre. Se pusieron manos a la obra y, con la aquiescencia de los incautos y la complicidad de los que no dudaron en treparse a la marea ganadora rápidamente, construyeron una institucionalidad que les permitiría en el mediano y largo plazos gobernar e influir, aun cuando se viesen obligados por las circunstancias a abandonar temporalmente posiciones estelares, con la pretensión de seguir controlando desde las sombras los hilos del poder. Pero para ello era necesario moldear fábulas con pretensiones de leyenda. La más evidente, la aparente invencibilidad. Y como todas sus mentiras, ésta tampoco fue cierta. Presionados por las circunstancias, debieron recular en los intentos de que su máximo líder se presentara otra vez como candidato. Ganaron (?) con un postulante que no era de su círculo íntimo y que, rápidamente, hizo intentos por independizarse y marcar distancias con la desastrosa herencia que recibió. Su capacidad de imponerse en las urnas por sí solos y gobernar de manera autárquica quedó en entredicho. Pronto se desmoronaron sus pretensiones, cuando el Presidente elegido empezó a desmarcarse de la agenda que le tenían preparada. Se demostró que fueron, al igual que en épocas pasadas, un grupo que se sirvió del Estado para pretender instalarse en forma perenne en el poder. Sus credenciales democráticas se hicieron agua.

La otra leyenda que han pretendido instalar en la memoria colectiva es que ha existido una década ganada. Es gracioso constatar cómo en una entrevista a un otrora hombre fuerte del régimen anterior, repite ese slogan al menos cuatro veces en una nota de media página. Resulta enternecedor mirar que hasta eso copiaron de regímenes del mismo cuño, caracterizados por el autoritarismo y la corrupción. Con buen talante, la imaginación criolla del país donde se empezó a hablar de esta supuesta época dorada, la designó como “la década sakeada” bautizando al período infestado de corrupción que definió a esos años.

Pero su propio sucesor se ha encargado de desvirtuar esta falacia, señalando que “la mesa no estaba servida”. Los escándalos, los videos en los que intervienen altas autoridades de esos gobiernos, las fallas en los proyectos ejecutados, todo da cuenta que lo que caracterizó a su gestión es la improvisación, el desconocimiento y las ansias de apoderarse de los dineros públicos, dejando un legado deleznable.

Todo ha sido ejecutado con la única pretensión de perennizarse. Construir en el imaginario social la idea que su pasada gestión fue llena de virtuosismo, por lo que hay que preparar la vuelta del líder salvador que todo lo solucionará. De allí la importancia de desmitificar esos acervos y poner en evidencia que la última etapa quizás sea una de las más protervas de la historia nacional, en la cual se utilizó indebidamente el poder para fraccionar. a la sociedad ecuatoriana.