Carlos Rojas

Los futbolistas de Correa

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El 5 de febrero del 2012, este Diario publicó una entrevista al entonces ministro del Deporte, José Francisco Cevallos. Estaba ocho meses en el cargo y en las encuestas figuraba como el funcionario mejor evaluado del Gabinete.

En aquella entrevista, Cevallos admitió su determinación por construir una carrera como dirigente deportivo con miras a presidir el Barcelona, equipo de su corazón. También confesó su admiración por todo lo que el presidente Correa había hecho por el país y que por eso había aceptado ser su Ministro.

Casi cuatro años después de aquella entrevista, se puede decir que Cevallos, a fuerza de tenacidad, es un hombre afortunado, pues acaba de ganar las elecciones en el Barcelona. En la última sabatina, Correa le extendió una efusiva felicitación aclarando, eso sí, que su candidatura, bajo ningún punto de vista, obedecía a estrategia gubernamental alguna.

Lejos de que el Mandatario ahora señale que el deporte no puede ser “sucursal” de ningún partido, es al glorioso arquero mundialista a quien le corresponderá desvirtuar si el Barcelona termina o no como un instrumento de Alianza País y si su gestión como ministro fue el paso inicial para aquello.
La historia política ecuatoriana es abundante en ejemplos. El mismo Barcelona ha sido vital para socialcristianos y roldosistas. Tampoco se puede dejar de señalar que en el terreno de la dirigencia nacional, más que buenos resultados deportivos, lo que ahora se vive son las consecuencias, precisamente, de la utilización descarada del fútbol.

Así el presidente Correa censure hoy ese perverso matrimonio, no podrá negar que a Alianza País siempre le tentó beneficiarse de los símbolos de la Tri. Acaso, ¿no fue el oficialismo el que candidatizó en combo a tres futbolistas para la Asamblea Nacional sin que su gestión haya sobresalido? Ulises de la Cruz trabaja en absoluto bajo perfil, mientras que el deseo por explotar electoralmente la figura de Iván Hurtado terminó en una innecesaria y desgastante derrota. Y del ‘Tin’ Delgado... mejor no acordarse.