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Leo: ‘Como señala el filósofo José Pablo Feinmann, uno de los referentes intelectuales del kirchnerismo, peronistas hay de todos los colores, por eso se confunden tanto los europeos. El peronismo no es cartesiano. Es un pragmatismo salvaje en constante evolución, donde todos pactan con todos, cualquiera puede ser una cosa y al día siguiente la contraria’.

Parece broma. ¿De qué, de quién, de quiénes habla este filósofo? ¿Alaba o vitupera? ¿Pretende decir algo verdadero, aclarar una circunstancia real? Se entiende que si él es ‘referente intelectual del kirchnerismo’, el kirchnerismo, es decir, esta clase de peronismo y, en consecuencia, todas las otras clases del mismo mal, que unas a otras se equivalen, se reflejan en su pensamiento, y que este pensamiento constata sin calificarla, con escepticismo ejemplar, las oscilaciones de una misma realidad política fortuita, cambiante, imprevisible, esclava de su pragmatismo y su búsqueda de poder. Y el poder es nada sin poder económico (ya algunos presidentes se descuelgan ‘temporalmente’ de la política hasta dejar que otros solucionen por ellos la crisis –que crisis es, e inmensa, esta en que la mayoría de países iberoamericanos está sumida: el pueblo, cualquier pueblo, todos los pueblos iberoamericanos lastimados, heridos por revoluciones demagógicas que son puro blablá, que labran y protegen la corrupción en el silencio; en definitiva, crisis de la que nadie sabe de qué manera saldrá, saldremos, cuán dañados, tristes, disminuidos.

Y como todo en el peronismo se equivale, ni siquiera se guardan las formas externas –eso que llamábamos apariencia-, reflejo de interioridades e intimidades infamantes, y la señora K, tan kafkiana, ella, la que se envanece de pintarse como una puerta, no se pinta para el acontecimiento al que no asiste, ni entrega los símbolos de poder al señor Macri, porque no es su candidato, porque no garantiza la continuidad de su nefasta política, porque en él acaba ¡así lo esperamos!, su revolución, la de la señora K, la de su peronismo de años y años de corrupción, enriquecimiento ilícito, demagogia, pragmatismo sin límite ni racionalidad, porque el peronismo no es Europa, no es cartesiano, y esto lo justifica todo.

El poder de Venezuela, su pavorosa crisis, el sufrimiento del pueblo, sus carencias, el ansia de cambio manifiesta en la última votación en que la oposición obtiene clarísima mayoría, tiene también su filósofo: Chávez, que en su casa natal y ya bien muerto, se aparece a Maduro en forma de pajarito “chiquitico” para bendecirlo. Nada menos: bendecir es consagrar, glorificar, exaltar, pero ¿qué?: la estupidez, la burda demagogia que desde el Caribe hasta la Patagonia ostenta con extraño desparpajo el más torpe de los argumentos: América no es Europa, no es racional ni razonable, en ella florecen y siguen destinados a florecer todo tipo de populismos, clientelismos y caciquismos, los pueblos así lo quieren pues votan y responden, votaron y respondieron, votarán y responderán, aunque los pueblos nos cansamos también, aun sin ser cartesianos.