Andrés Vallejo

La fiesta triste

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La Navidad es la fiesta de los niños. Celebra la venida del Niño Dios. El nacimiento de la promesa de días mejores con la llegada del Hijo de Dios que sacrifica con su estancia en este mundo su calidad divina. Es, o debe ser, conmemoración de alegría y esperanza.

Pero ha devenido en fiesta triste. Desde la confusión reinante, en que los niños –ni los adultos- saben si evocan al Niño Dios o a Papá Noel, que simboliza el consumismo reinante, reemplazando a la religiosidad que la fiesta implica. En la misma casa, en el mismo árbol, junto al Nacimiento en el que están la pobreza y la humildad, la vaca y el burrito que cobijan al Niño con su aliento, llega Papá Noel a depositar en el árbol los regalos, que ya se le piden a él y no al Niño.

¿Niño Dios o Papá Noel? Nadie sabe. Son lo mismo para la mayoría, con lo que se desfiguró el advenimiento y el espíritu religioso. Lo simbólico se abandona por lo fastuoso. Lo espiritual por lo comercial y lo tumultuoso.

Mientras pocos niños acumulan abundantes presentes, innecesarios en la mayoría de los casos, millones carecen de lo elemental y envidian, de mala manera, el exceso en que incurren los menos. Mientras la inmensa cantidad de cristianos venera la llegada simbólica del Hijo de Dios, el consumismo en que se ha convertido al mundo aun en las celebraciones religiosas del más alto significado, desfigura el sentido de la fiesta con los excesos materiales que invaden el planeta.

Y se trastocan los valores. Ni la paja en el establo, ni la pobreza simbolizada, ni lo austero del Nacimiento tienen la importancia que deberían tener, por lo fastuoso de las vitrinas, los sorteos que impulsan a consumir en espera del premio inalcanzable, el desfile interminable de ofertas y facilidades, que endeudan a los que no pueden, inducidos a creer que no pagarán nunca o mucho después, como si así no pagaran nunca.

Las misas de gallo, que simbolizan la Navidad con el nacimiento del Niño en el pesebre de Belén, cada vez con menos gente. Si la siguen, es por las transmisiones de la televisión, con la interrupción oportuna de la propaganda de los bienes a comprar, hasta a última hora, hasta las doce de la noche, en que los centros comerciales están abiertos en espera de los atrasados.

El recogimiento, la comunión espiritual entre niños y adultos, entre pobres y ricos, entre poderosos y desvalidos, que acorta diferencias y que caracterizó la Navidad, no solo desaparece, sino que se reemplaza por la propaganda que induce al consumo, por el interés, la utilidad y el negocio.

La fiesta de la Navidad, la que une, la que solidariza, la que desaparece diferencias, reemplazada, cada vez más, por el consumo y el tumulto. Por la soledad.

Estas líneas, escritas hace cuatro años, son actuales. La Navidad es cada vez más vacía, más comercial, cada vez menos de los niños, cada vez más triste.

Columnista invitado