Milagros Aguirre

La fiesta silenciosa

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El Día Internacional de los Pueblos Indígenas pasó casi desapercibido. A no ser por los llamados de la ong Survival en las redes sociales recordando que hay más de 100 pueblos en el mundo que rechazan el contacto o que hace poco se celebró también el día del tigre y que en él se hacía un llamado a conservar a los tigres y a los indígenas, en un titular no muy afortunado. Poco más. En Ecuador parece ser que ya no es una fecha conmemorativa de nada. O que las celebraciones han sido este año silenciosas y dispersas, seguramente porque ahora lo que se mueven son las frutas electorales y lo demás está pasando a un segundo plano. Que sí son o no representativas las primarias de Pachakutik, que si va tal o cual dirigente a encabezar las listas y competir en las elecciones, que si tal o cual es más presidenciable que el otro, que si alguno puede llegar a competir con la verde revolución.

Pero el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, que pasó desapercibido, puede ser una muestra de una sociedad que se va homogeneizando, una sociedad que no le gustan los matices, una sociedad que va haciendo desaparecer las diferencias y unos grupos indígenas que se van acostumbrando a volverse invisibles. La educación bilingüe ha ido cada vez a menos; los derechos territoriales han sido vulnerados, los derechos culturales se han convertido en folclor, para adornar la fiesta, nada más. Pueblos, sin lengua y sin territorio, desaparecen. Y parece que aún no hay conciencia de ello.

Ecuador ha reconocido, en su Constitución y en sus leyes, que Ecuador es un estado intercultural y multiétnico y el principio del Sumak Kawsay rige la retórica nacional. Pero no hay tal: no es intercultural si la educación no es intercultural y si, además, es de mala calidad; si el racismo impera, si las relaciones de dominación se mantienen.

El tan mentado principio del Sumak Kawsay se supone que tiene que ver con la armonía del hombre con la naturaleza pero, en la práctica, se sigue despojando a los pueblos indígenas de sus territorios; se negocia con ellos como si la naturaleza y el hombre tuvieran su precio; se entrega, en efectivo, dinero a cambio de la explotación de sus recursos para que los indígenas se gasten ese dinero en un abrir y cerrar de ojos y queden en peor situación de la que estaban al iniciar las negociaciones: sin la plata y sin la tierra, sin el bosque y sin animales para la cacería, sin recursos para la subsistencia, sin organización, con sus organizaciones divididas, sin fuerza.

El Día de los Pueblos Indígenas, además, coincidió con la noticia de que, el día anterior, la Corte de Apelaciones de EE.UU. fallara a favor de Chevron en una de las instancias del juicio que indígenas y campesinos enfrentan desde hace años. Nada que celebrar. El Día de los Pueblos Indígenas en el Ecuador, una fiesta silenciosa.

maguirre@elcomercio.org