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Hoy recibí de una madre muy joven, muy íntima y querida, este texto: “Yo soy católica. Mi marido es ateo. Tenemos dos hijos que aún están descubriéndonos y descubriéndose.

Cuando nacieron, supimos que ellos vendrían con preguntas y exigirían respuestas, y no dudamos en ofrecerles ambas caras de la moneda. Y aún están ellos mismos construyendo sus propias dudas y respuestas. A los 6 y 7 años, pensé que tendrían aún tiempo para crear sus propias respuestas.

Pero hace pocos días, la realidad me dio una bofetada que no veía venir. Era una salida entre cuatro niños de 6 años, y entre ellos mi hijo. Y el fatídico tema salió de boca de alguno: “levante la mano el que cree en Dios”. Mi hijo no levantó la mano. Tiene 6 años. No sabe qué creer. Pero no levantó la mano. Y entonces el temido asalto: “sabías que te vas a ir al infierno?”, “¿no crees en Dioooooooooooos?”, “¿entonces crees en el diablooooo?”. Y mi hijo de pronto se vio asaltado por tres niños de 6 años cuyos padres les habían enseñado a creer en Dios, porque dejémonos de cosas, es importantísimo que nuestros hijos desde chiquitos crean en Dios, pero que no les habían enseñado a preguntar. Porque la pregunta que mis hijos hubieran hecho habría sido: “¿y por qué?”. A estos niños primero se les había enseñado a creer en Dios y después, se les había enseñado a condenar. Que mis hijos crean o no en Dios es algo que ellos mismos decidirán mucho más adelante.

Su capacidad de dudar de todas nuestras respuestas, es algo que han aprendido desde pequeños. Y esa es nuestra enseñanza más importante: les regalamos la palabra por qué y con ella serán dueños del mundo. No coartemos la libertad que nos dan los porqués. Mi mirada del mundo cambió ante el primer porqué de cada uno de mis hijos, y sigo viviendo de sus porqués cada día, y sigo construyéndome con ellos. Nos hacen preguntarnos, repreguntarnos, pensarnos y repensarnos, inventar y reinventar cada respuesta, a cada instante. No quiero que mis hijos crean en Dios; quiero que mis hijos sean capaces de hacer preguntas y no condenar respuestas. Y si por añadidura, se convierten en hombres buenos, que aman y son amados, que protegen al planeta y los seres vivos, que se preocupan por quienes les rodean y pos las terribles injusticias de nuestro mundo, entonces sentiré en mi corazón que creen en mi Dios. Y un poco más tarde las preguntas siguieron, esta vez por parte del mayor. “Mamá, ¿somos todos iguales?”. Y me quedé pensando en la respuesta. Sí, somos todos iguales. Algunos con más porqués que otros, pero en esencia, todos iguales”.

Y leí también esta historia menuda de Johan Cruyff gran futbolista: “Hablo a menudo con mi padre muerto: ‘¿Estás o no estás de acuerdo?’, y al despertar sé lo que voy a hacer. Quise probarle: ‘Yo creo que estás ahí, aunque estés muerto’… demuéstramelo, y para mi reloj… De mañana, el reloj no funcionaba; lo llevé a la relojería, se paró de nuevo; el técnico lo abrió: ‘¡está perfecto!’ Aquella noche le dije a mi padre: Te creo, estás ahí, no necesito que lo vuelvas a parar. Y las agujas se quedaron en paz”.