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26 de January de 2014 00:01

Rafael García Goyena, fabulista guayaquileño, decía que la fábula, bajo disfraz amable, comenta los acontecimientos, sonríe ante los prejuicios, la intolerancia y la injusticia; ama el bien y busca en la naturaleza ejemplos que sean estímulo para la reforma de nuestras fealdades.

Ante nuestra maravillada expectativa infantil, desfilaban el burro flautista, la cigarra y la hormiga, los montes en su ciclópeo parto, el cuervo y la zorra. La cigarra vacilante de hambre en el invierno nos daba tanta pena como nos dolía la indiferencia de la hormiga que, entre el ir y venir con su carga agenciosa, escuchaba el ruego de la cigarra por una provisión para pasar el invierno. -¿Qué hiciste en el verano?, le preguntó la hormiga. -Lo alegraba todo con mi canto, contestó la cigarra. -Si en el verano cantabas, ¡baila en el invierno!, la desafió la hormiga. Y la cigarrita murió de hambre, callada, en el invierno.

Del parto pavoroso de los montes cuyos bramidos infundían horror, nació un torpe ratoncito. El cuervo dejó caer el queso de su pico, por mostrar su bella voz a la zorra aduladora; y el burro sopló, sin querer, una flauta en el camino y, al oír el desacordado son, se maravilló de su poder, como señalado músico.

Quizá intuíamos entonces cuanto enseñan las fábulas sobre la vanidad humana, sobre las pobres pretensiones ruidosas que envuelven nuestros sueños ejemplificados en el cuervo o en el ratoncito, resultado del esfuerzo ciclópeo del íntimo caos de los montes; nos rebelaba la egoísta actitud de la hormiga cómplice de la muerte por hambre, como tantos lo somos, e intuíamos que nadie tenía derecho a desilusionar sobre sus dones musicales al burro flautista.

Puede molestar el afán didáctico de las fábulas; pueden no convencernos sus moralejas y pueden no enseñarnos sus animales y cosas humanizados. Pero lejos de la frescura de los sueños infantiles, sabemos que hormiga egoísta, burro soplador, monte parturiento y cuervo sin queso somos cada uno de nosotros, y que cuanto más monte y más ruido, y más egoísmo y más desacordar, más pequeño es el ratón que nuestros hercúleos esfuerzos producen, para burlón recuerdo de los siglos. Y por si acaso, repito con el citado fabulista: "Yo, como soy enemigo / de malquistarme, no quiero / por cuanto oro tiene el mundo / aplicar a nadie el cuento".

Algún día leí, no sé si en Monterroso, el justo fin para la fábula de la cigarra: durante el verano que siguió al egoísta invierno, la hormiguita murió. Y quien piense que el egoísmo es indiferente a la belleza, sepa que la hormiga murió de la nostalgia que produjo en ella el silencio inmortal de la cigarra… Como para Hegel la fábula "es un enigma acompañado por su solución", para todos, ¡qué descubrimiento!, su solución es otro enigma.