Antonio Rodríguez Vicéns

La fábula de la rana y el buey

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Tal vez usted, instruido lector, conoce la fábula de la rana que se hinchaba para intentar parecerse a un buey. La encontré en El Quijote, y muchos años más tarde, en forma casual, en Babrio, olvidado poeta griego que vivió probablemente en el primer siglo de nuestra era. El texto es corto y sencillo: “Un buey, al ir a beber, pisó una cría de sapo. Al llegar la madre -que no estaba presente- preguntó a sus hermanos que dónde estaba el pequeño. -Ha muerto, madre. Hace menos de una hora llegó un cuadrúpedo enorme y allí yace bajo su pezuña, despanzurrado. Y la madre sapo, hinchándose, preguntó si el animal era así de tamaño. -Para, no te infles, le dijeron. Antes reventarás por la mitad que acercarte a su dimensión”.

Cervantes, en la segunda parte de su singular novela, utilizó esta fábula para hablar del conocimiento de sí mismo que debe buscar el ser humano. Estando Sancho preparándose para ir a gobernar la ínsula Barataria, don Quijote, preocupado por la previsible suerte de su escudero, lo llevó a su aposento y le aconsejó sobre la ardua y compleja tarea que debía emprender. “No atribuyas a tus merecimientos -le dijo- la merced recibida… Los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones… Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey…”

Nuestra política, huérfana de contenido, raquítica de ideas renovadoras, sin imaginación y creatividad, perdida en una interminable confrontación y estancada en un debate rutinario y pedestre, abunda en mediocridades satisfechas que carecen de la virtud que lleva a intentar el difícil conocimiento personal. No sienten la urgencia de una vida humanamente superior y, regodeándose en una cotidianidad insulsa y monótona, pasean orondas y pomposas su complacencia infinita y su vulgaridad de oropel. No son conscientes de sus límites y se convencen sin fundamento de su capacidad para acometer las más complejas tareas. No dudan de su supuesta plenitud.

¿Por qué he traído otra vez a cuento el texto de esta fábula? He leído las groserías machistas de nuestro gobernante. Nos ha vuelto a demostrar que es un insultador grotesco que carece de la elevación intelectual para superar sus pasiones y dignificar la función que ejerce. Queriendo ser ingenioso o mordaz, cae en la vulgaridad. 
Ofuscado por el poder y enredado en su verborrea incontenible, está convencido de que posee una intangibilidad inexistente. No ha llegado a comprender que tarde o temprano tendrá que rendir cuentas por sus excesos y sus atropellos. ¿Por qué no recordar entonces, con toda su sabiduría ancestral, la conocida y clásica fábula de Babrio? ¿Por qué no volver a pensar que la rana que se infla demasiado puede al fin explotar?