Manuel Terán

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Si en algo coinciden la mayoría de sondeos de opinión, es en señalar como la principal preocupación de los ecuatorianos a la carencia de puestos de trabajo, lo que ha conducido a que alrededor de la mitad de la población en capacidad de trabajar carezca de un empleo formal, integrando ese vasto regimiento que intenta ganarse la vida a través de lo que pueda obtener en el día a día.

Para ellos no hay seguridad social, ni perspectiva que les permita sentirse parte integrante de una sociedad que los incorpore a su seno. Su situación de encontrarse al margen de todo aquello que observan en las calles, les debe imprimir un sello de rebeldía que les conduce a expresarse como contradictores del sistema, convirtiéndolos en los candidatos idóneos a adherir a cualquier perorata que, con interpretaciones malintencionadas e interesadas, buscan aprovecharse de su precaria situación.

Paradójicamente terminan apoyando las tesis y proclamas que perpetúan las condiciones que los mantienen atrapados. Son presas de sus victimarios que, aparentemente con sus discursos llenos de elementos supuestamente reivindicatorios, no hacen sino hundirlos más y más en sus penurias sin conseguir percibir que todas esas políticas que se dice que se adoptan para sacarlos de la pobreza en la que se hallan sumergidos, son precisamente las que impiden que exista un cambio de rumbo que pueda otorgarles algún recabo de esperanza y la opción de cambiar su suerte y la de su familia.

Aun cuando sea a regañadientes, si la sociedad entera no termina de aceptar que la única manera de progresar, tanto de manera individual como el conjunto social en su todo, es a través del trabajo productivo para lo cual se requiere atraer capital y dar libertad al emprendimiento, no existe desarrollo posible.

De allí se generarán las nuevas plazas de empleo, que permita que los ciudadanos obtengan una retribución económica adecuada para atender sus necesidades familiares. Esa será la fuente de los ingresos tributarios para que el estado cumpla a cabalidad sus funciones, sin entrometerse en aspectos que perfectamente pueden ser atendidos por particulares.

No se pretende reformular tesis desarrollistas, pero el mundo ha transitado un largo camino que demuestra cómo las posturas exclusivamente asistenciales han fracasado rotundamente. Los pueblos progresan por el ímpetu emprendedor, en el que la iniciativa privada tiene un papel preponderante. Es ahí donde se puede generar trabajo formal y sustentable que permita a los ciudadanos sentirse incluidos en los beneficios que brinda una sociedad.

Todo experimento al margen de esta vía ha resultado en fracasos estrepitosos. Incluso, en la misma Región, se ha visto cómo países que disfrutaban un alto nivel de vida han llegado a un deterioro impensable. Continuar en políticas que ponen cortapisas y dificultan la tarea de aquellos que se atreven a generar empleo, no es la mejor manera de luchar contra la exclusión. Sólo consiguen colocar a todos en situaciones similares porque la escasez y la pobreza terminan expandiéndose de manera inexorable.

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