Dimitri Barreto P.

Esquizofrenia policial, política, ciudadana

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El 3 de diciembre del 2015 fue otro día de esquizofrenia en Quito. Los indígenas con puntas de lanzas sobre los caballos antimotines del Estado y los policías de armaduras negras lanzando toletes, escudos, puños, rodillas y botas contra inocentes. Así lo documentó un video de un cronista gráfico de EL COMERCIO. Esas manifestaciones son solo una muestra del ánimo de irritación que se respira en la calle.

Aquel día se aprobaron, en una Asamblea blindada con vallas metálicas, tanquetas y centenares de policías, 15 enmiendas a la Constitución, entre las cuales se otorgan atribuciones a los militares para efectuar tareas hasta ahora exclusivas de la Policía, se categoriza como ‘servicio público’ a la comunicación (¿un diálogo por WhatsApp o una charla común no son comunicación?) y se garantiza el aporte del Estado a las pensiones de los militares y policías (¿y para los jubilados civiles?). Si esas enmiendas han sido lo ‘más socializado’ por la Asamblea, ¿por qué acorazar el Parlamento? ¿Así se construyen los derechos ciudadanos?

Mirar la verdad de uno como la verdad única es el primer síntoma de intolerancia. Lo grave es que ese virus está regado en la cotidianidad. Basta caminar como peatón para, a diario, escapar de ser arrollado por ciclistas prepotentes. O ir en bicicleta, para jugarse la vida entre conductores ‘ciegos’. O conducir un vehículo, para ir con la punta del pie en el freno para evitar chocar con quienes lanzan el vehículo por el frente en el escaso margen de dos metros entre uno y el auto de adelante. O subir a un bus para terminar ultrajado.

De allí, no sorprende el ánimo de confrontación entre quienes cuestionan al poder desde el odio y los que pasan por alto la ausencia de rendición de cuentas y el atropello oficial (Fernando Bustamante, ministro de Gobierno, defendió la acción militar en Dayuma, ocurrida antes de su nombramiento, que dejó heridos de armas de fuego; la Comisión de la Verdad lo reseña -Tomo IV-).

Esa esquizofrenia, que deja impune la agresión de un grupo de policías a un reportero, es el camino más certero al desfiladero.