Juan E. Guarderas

Espías rusos y Trump

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Se viene la película de Hollywood. Pero esta vez la recurrente frase “la realidad supera la ficción” se queda corta para describir lo ocurrido. Es tan importante aquello que está en juego, al tiempo que mezclado con enormes mentiras, tapaderas y vericuetos, que difícilmente un largometraje podrá recogerlo todo en su justa medida.

No perdamos de vista lo principal, la distancia entre un acto de guerra y la intervención de un país extranjero en los procesos democráticos de otro es casi inexistente. En las últimas elecciones americanas hay tantos indicios y de tal envergadura de la intromisión rusa que los políticos estadounidenses temen elucubrar sobre las posibles consecuencias.

Enumeremos algunos indicios. El FBI, la CIA y la NSA conjuntamente emitieron un reporte describiendo las acciones rusas para perjudicar la campaña de Clinton. Posteriormente los medios de comunicación descubrieron las reuniones de varios altos ejecutivos de la campaña de Trump con espías y diplomáticos rusos. Flynn, el asesor de seguridad de Trump tuvo que renunciar por dichos contactos verificados. El fiscal general, Sessions, nombrado por Trump, ha tenido que abstenerse de investigar porque él también tuvo contactos. Entonces el FBI inició sus pesquisas, lo que movió a Trump a despedir al director de la agencia (aceptando en una entrevista que esas investigaciones fueron la motivación para el despido). Tantas y tan evidentes son las conexiones que el ex jefe de campaña, Manafort, ha tenido que registrarse como “agente extranjero” (requerimiento legal americano para quienes en suelo estadounidense estén trabajando para gobiernos extranjeros). Recientemente, el primogénito de Trump sorprendió a la Internet publicando en Twitter sus emails, donde claramente acepta una reunión dirigida a la entrega de información perjudicial sobre Clinton con una abogada y agentes de inteligencia rusos. Esta extrañísima autoinculpación solo se explica porque periodistas habían ya logrado acceso a esos emails, los iban a desvelar. Trump Jr. los reveló él mismo.

Para empeorar el panorama, personajes cercanos del Presidente han intentado esconder todos los indicios mediante una cantidad absurda de mentiras y falsedades. Y todas las certezas que se tienen ahora están acompañadas de divertidos videos donde en medios públicos estas personas juran y perjuran justamente lo contrario.

¿Qué pasa entonces? Lógicamente la conspiración debería conducir a la destitución (impeachment) de Trump. Pero, ¿ello no implicaría de paso aceptar la veracidad de las actuaciones rusas en las elecciones? ¿No significaría esto disparar tensiones peligrosísimas? Y, la pregunta fundamental, ¿hasta qué punto pueden los políticos estadounidenses hacerse los locos, destituyendo o acusando a Trump, sin, al mismo tiempo, atacar a Rusia?