Fernando Tinajero

Un equívoco peligroso

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ftinajero@elcomercio.org

¿Cuánto representa la cultura en el producto interno bruto? Esta pregunta me dejó pasmado y creí que no había entendido bien. El caballero que la había pronunciado se quedó mirándome como quien mira a un débil mental, repitió su pregunta acentuando el aire triunfal que matizaba su voz y agregó que ya es hora de abandonar las fantasías e incorporar la cultura en el cambio de matriz productiva. Entonces pedí permiso y me retiré.

Mientras caminaba de regreso empecé a entender por qué motivo estamos hasta ahora tropezando en la tarea de establecer adecuadas políticas culturales: como si hubiésemos hecho un gran progreso, hemos puesto a la cultura en la misma condición de todas las tareas productivas, y pretendemos medir el resultado de las “inversiones” del Estado por los réditos financieros que pretendemos alcanzar. Si los responsables de establecer esas políticas se dieran el trabajo de leer a Bolívar Echeverría (cuya contribución al pensamiento crítico es ya reconocido en toda la América morena como el más importante del siglo XX) entenderían que las prácticas llamadas culturales no forman parte del proceso de producción material, aunque constituyen su condición ineludible. Eso que nos cuesta tanto trabajo entender, fue ya practicado hace mucho por esos pueblos que llamamos “primitivos”: pintarse el rostro o el cuerpo no es un ritual que aporte nada al producto de la caza; pero ningún individuo perteneciente a esos pueblos dejará de hacerlo, so pena de volver en su contra a los espíritus del bosque. Tampoco la bendición de una fábrica o la solemne colocación de una primera piedra aportan nada a la producción, pero nadie pretende evitar la celebración de esos rituales en las sociedades modernas de Occidente.

Claro que ahora se habla de las industrias culturales, y hay quienes llegan al extremo de pretender que cada actividad cultural se maneje como industria. Que yo sepa, solo hay tres actividades que pueden clasificarse de ese modo: la cinematográfica, la discográfica y la editorial, pues ellas sí producen objetos en serie que pueden venderse en el mercado. Pero, ¿la pintura? ¡Si lo que da valor a un cuadro, junto a su propio mérito estético, es el hecho de ser único e irrepetible! Las reproducciones que pueden hacerse de él ya no son arte plástico, sino industria gráfica. Pongamos, por lo tanto, cada cosa en su lugar.

El Estado tiene obligaciones concretas frente a la cultura, y la primordial es la de asignar presupuestos para la realización de las actividades culturales. Tales presupuestos se justifican por sí mismos, aun si nunca pueden generar rédito alguno: los efectos del quehacer cultural no se miden en dinero, sino en bienestar espiritual, en crecimiento humano, en aumento de conciencia, en vigencia u obsolescencia de valores. Por eso, me parece posible devolver la descaminada pregunta del caballero aquel con esta otra: ¿cuánto ha aumentado el nivel de conciencia ciudadana con las políticas culturales cuya formulación es tarea del Ministerio del ramo?