Juan E. Guarderas

Entendiendo el fascismo

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Hay dos mitos que se deben desmontar acerca del fascismo. El primero, que se trata de una ideología de extrema derecha. El segundo, que se trata de una ideología muerta, un supuesto histórico exclusivo a la época previa a la Segunda Guerra mundial.

Respecto al primer mito, existe una obra – ahora ya considerada un clásico del análisis político – del cientista político especialista en fascismo, Zeev Sternhell, que cerró la discusión. “Ni derecha, ni izquierda: La ideología fascista en Francia”, logró probar precisamente eso, que el fascismo no se instituía en función de la intervención de los poderes públicos para promover la igualdad (como es el caso de las ideologías derecha e izquierda). El fascismo se constituye con rasgos totalmente diferentes, pero muy fáciles de identificar.

El primer síntoma de la enfermedad es la abolición de la separación de poderes y el montaje de un régimen autoritario. Mientras la democracia (defendida tanto por la derecha como la izquierda) promueve el diálogo nacional, el debate, la búsqueda de consensos entre las diferentes fuerzas políticas; el fascismo intenta desmontar el sistema partidista, hunde en el fango a quienes piensan diferente e instaura un orden donde la verdad única e indiscutible emana de una sola voz.

Pero así como la tos no necesariamente quiere decir cáncer de pulmón, el totalitarismo no es fascismo sin los siguientes síntomas. El Estado intenta diseñar el prototipo de ciudadano. Pasando por encima del desarrollo histórico y cultural de la nación, el Estado fascista determina cómo tiene que ser el ejemplo perfecto de individuo nacional. La exigencia de la raza aria como esencia de la nación alemana del III Reich es el ejemplo más elocuente por ser un ejemplo fisiológico.

Sin embargo, en la Italia de Mussolini se determinaba cómo debían vivir los ciudadanos para ser felices y en qué consistía el bienestar propio de los italianos.

Finalmente, el último ingrediente de esta pócima de sapos y culebras es la organización del Estado fascista en torno a una figura carismática y que exija un régimen de culto a la personalidad.
Por más izquierdoso que yo sea, reconozco que la derecha tampoco aboga por ninguno de estos rasgos.

Si a una categoría se acerca el fascismo sería al populismo (que tampoco tiene relación automática ni con derecha ni izquierda), es más, podríamos decir que el fascismo es un populismo radical.

¿Cuál de las características propias del fascismo se tienen que dar exclusivamente en el periodo histórico de primera mitad del siglo XX? Los franceses suelen decir “appeler un chat un chat”, si algo es un gato hay que llamarlo gato, decir las cosas por su nombre. Si un régimen cumple con las características del fascismo, hay que llamarlo fascista.

jguarderas@elcomercio.org