Susana Cordero de Espinosa

El olvido que no hay

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En navideña intimidad, confieso que tengo muy mala memoria. No porque recuerde lo malo, sino porque olvido detalles de casi todo; de mi olvido no se escapan los rostros ni los nombres, aunque tengo, al respecto, una explicación, llamémosla, genética: de mi abuelo materno se contaba que se admiraba en Cuenca su buena educación y cortesía. Él, discreto, sonreía, y alguna vez reveló, quizá abrumado por esa fama que creía no merecida: ‘Como no reconozco a nadie, saludo a todas las personas que veo’; lo imagino por las calles del centro, tocando levemente su sombrero e inclinándose al pasar ante todo individuo sospechoso de merecer la dignidad de su saludo…

¿Qué hacer hoy en ciudades repletas, que impiden imaginar que conocemos a alguien, ni cuando de verdad lo conocemos? Se salvan en mi memoria rasgos de algunos sucesos navideños: el día en que mi querida Teresa, que me llevaba a diario a los recados de la ‘casa de arriba’, donde vivíamos, a la ‘casa de abajo’, la de mis abuelos maternos, quiso incluirme en un pase del Niño, a pesar de mi cortísima edad. Hacia las cinco de una mañana, ya vestida y adornada, me sentó a inacabable espera en un burrito repleto de dones para el Niño-Dios, tan tentadores, que comí en el crepúsculo mañanero, hasta hartarme, trozos de pan blanco, de mestizos y costras; duraznos, capulíes, caramelos y pernil, de ese que enriqueció a la Gorda de San Sebastián. Las consecuencias del gaudeamus avergonzaron tanto a mi Teresa, (recuerdo su indignado ‘¡niña tragaldabas!’ oído por mí, por primera vez, esa ‘trágica’ mañana), que juró en la cofradía no volver a cometer el desatino de ponerme preciosa, para que su orgullo casi maternal desembocara en semejante sinsentido.

En la sala de la ‘casa de arriba’, ya enrollada y arrimada a la pared la alfombra, mi padre, sonriente, empujaba las vitrinas, los muebles de esterilla y algunos bibelots, a fin de abrir espacio para el nacimiento. Logró disimular entre el musgo una tubería de caña o carrizo, por donde bajara el agua. Recuerdo la protesta de mamá ante tal obra de ingeniería que, según ella, acabaría por mojarlo todo. Pero el agua seguía el curso de un río chiquito y verdadero, dando luz a su cauce sombrío, asomándose bajo un puentecito por el que andaba el harinero, hasta caer en uno como plato esmaltado, escondido entre hierbas y piedritas de luz.

¡Con qué afán esperé, a mis cinco años, el regalo de Navidad de la clase de catecismo que impartía una prima mayor y devota, en la Iglesia de Santo Domingo!; después de haber repetido en coro, cada sábado, las virtudes teologales o los pecados capitales, sufrí una de mis grandes desilusiones infantiles: el borrego de yeso que me tocó en suerte era seco, feo y duro, sin trazas de lana en su torpe cuerpo.

¿Cómo me las arreglé para sobrevivir a tales decepciones? No lo sé. Pero si mis recuerdos se ligan casi siempre a una desilusión, nunca son tristes: ¡milagros de la Navidad y de la infancia!