Jorge G. León Trujillo

¿Es Ecuador país, Estado, nación?

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29 de junio de 2014 18:14

¿Son los ecuatorianos un país? ¿Una nación? ¿Tiene Ecuador un Estado reconocido por todos sus habitantes? Estas fueron antes inquietudes de las élites y sirvieron para construir proyectos de Estado y de nación ante la evidencia que los habitantes de un territorio llamado Ecuador no reconocían todos a la autoridad central, ni al vecino como parte de su colectivo, ni todos sus pueblos se consideraban parte de ese Ecuador que lo atribuían a una capa de blanco-mestizos.

Estaba en riesgo la existencia de ese Ecuador; su territorio se desmembraba y sus habitantes lo ponían en jaque. Ecuador era una autoridad central de imposición de los dominantes, no necesariamente de clases dominantes sino del bando privilegiado a detrimento de la mayoría, como los mestizos ricos y pobres ante los indígenas.

Pero desde hace unos años, los últimos excluidos hacen parte de esa comunidad política llamada Ecuador, se consideran todos ecuatorianos, ya es una de sus identidades y pertenencias de la varias que ahora uno puede reivindicar en las sociedades modernas. Uno puede ser ecuatoriano, shuar, de otro país a la vez o dar más privilegio a su terruño sin perder derechos u obligaciones con el Estado. Aún más, ya no se necesita ser una nación para ser ecuatorianos o para sentirse pertenecer a una misma colectividad llamada Ecuador; sus habitantes como pueblos, culturas o individuos se sienten parte de ese colectivo Ecuador. El ejemplar pluriculturalismo ecuatoriano permitió mejor integración de todos. Existe un Estado que controla el territorio, no se cuestiona su existencia y es la autoridad de todos.

Por ello, el neocentralismo creciente, en la Ley sobre ordenamiento territorial o las enmiendas constitucionales, calza mal con los hechos. Es un centralismo injustificado, innecesario y negativo. El centralismo, ese afán de dotar de más poder al centro y de pretender que tiene las luces para todos es un iluminismo del pasado. Ecuador ya es, no necesita que un poder central lo defina. Si el siglo XIX justificaba el centralismo ahora en cambio es el momento de consolidar sociedad y Estado. El centro se impuso ante la amenaza de dejar de ser país y Estado o la urgencia de contruirlos a detrimento de las características locales, sobre todo de intereses particulares sin visión del conjunto. Ahora se necesita espacio a que cada cual se exprese en sus particularidades locales o regionales, dinamice más la sociedad y así se sienta aún más en casa propia.

El neocentralismo gubernamental actual es un reenvío al XIX cuando hay que construir el XXI que requiere más flexibilidad local, más sociedad activa y más poder local, con un centro claramente definido y que oriente a la colectividad, más no todo decidir, todo controlar y ante todo pretender que una sociedad se consolida en la uniformidad; lo contrario es lo propicio. El neocentralismo será mañana, como el exceso de control, el caballo de batalla útil para todo desmontar de lo de ahora.