Marco Arauz

Dios no puede ser buen periodista

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Si uno se considera, a más de creador, infinito, inmutable, incomparable, inigualable y perfecto; inescrutable, insondable, omnipotente, todopoderoso, omnisciente, omnipresente; el único digno de devoción; soberano, supremo, incorruptible, seguramente no puede ser un buen periodista.

Nada más alejado de la actitud curiosa, escrutadora, investigadora que caracteriza al periodismo, que partir de saberse dueño de la verdad en propiedad horizontal. Nada más alejado del periodismo -que en un principio fue, y sigue siendo, capacidad de asombro- que esa actitud de dar todo por conocido y que, en el fondo, desprecia la humanidad y la falibilidad de un oficio hecho de dudas, de compasión y de mucha, mucha transpiración.

Pululan por ahí algunos dioses que creen que el periodismo ecuatoriano empezó y termina con ellos, y que consideran que no deben padecer las molestias de documentarse ni de investigar los hechos; suponen, infieren y pontifican, y para ellos eso basta: por algo son omniscientes y omnipotentes.

Uno de esos dioses ha llegado a decir que la minería de datos ‘afea’ al periodismo. Otros creen que el periodismo contemporáneo se reduce al uso de blogs, y lo han convertido en su soporte favorito, ahora que escasea el papel, para proclamar sus mandamientos. ¡Qué pereza hacer análisis con datos y documentos como hacen los descerebrados que no heredaron el atributo de la ira divina ni ese tono indignado que retumba en la bóveda celeste!

Aprendices de dioses al fin y al cabo, han hecho su camino por el desierto y han sido tentados muchas veces, al igual que Cristo. No se explica de otra manera que hayan pasado por todos, o casi todos, los templos. Por algo son omnipresentes: han estado y quieren estar en todo lugar, aunque nadie los puede ver.
Por ejemplo, el dios mayor cedió a la tentación una y otra vez, hasta cuando decidía que era tiempo de inmolarse y, algunas veces, de quemar las naves con él: en todas las mitologías, el fuego purifica. Su paso por este mundo incluye todo tipo de medios; por eso no dudó en trabajar con empresarios cuya última prioridad era la libertad de expresión. En la última etapa del camino encontró a un apóstol de buena pluma que lo ha acompañado en este reguero de pirotecnia y sermones.

No deja de sorprender que ninguno de los templos -los que no cayeron incinerados por su verbo de fuego- cuente o quiera contar con su palabra iluminada. Ni aquí ni fuera del país. Claro, el reino de los dioses no es el reino de este mundo. Pero insiste en volver al viejo templo y quiere derribar las puertas, pues nadie ha respondido a su autoinvitación para dictar la ley y blandir otra vez el látigo.

El periodismo es perfectible, es un largo y tortuoso camino de aprendizaje; los dioses no necesitan recorrerlo. El periodismo es la mala conciencia de la sociedad, del poder y de uno mismo; los dioses pueden prescindir de ella.