Monseñor Julio Parrilla

¿Un dios asesino?

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Hace pocos días, Charlie Hebdo, la revista satírica parisina, sacó una edición especial en el aniversario del atentado yihadista contra su redacción en el que murieron 11 personas.

En la portada aparece un dios barbudo a la fuga, con un fusil al hombro y el título: “un año después, el asesino anda suelto”. Sin duda que la viñeta reivindica la supervivencia del semanario, y de todos cuantos aman la vida y la libertad, frente al fanatismo religioso. Pero, si se trata de ser justos, hay que ir más allá del desahogo y de la tentación de meterlo todo en el mismo saco.
Me pregunto si era necesaria una portada blasfema y si es esta la polémica que hoy Francia y el mundo necesitan…

Personalmente, pienso que es echar leña al fuego y, en nombre de un laicismo radical, irrespetar la fe en Dios de cualquier creyente sin importar el credo que profese o la ética que practique. El Dios de Jesucristo en el que yo creo y al que yo amo nada tiene que ver con semejante caricatura. Al contrario, está en sus antípodas.

El semanario francés olvida de un plumazo lo que infinitos líderes religiosos, incluido el papa Francisco, repiten insistentemente desde hace ya mucho tiempo: que usar a Dios para justificar el odio es una blasfemia. Pero una blasfemia no se puede tapar con otra. Lo cierto es que en el nombre de Dios no se puede matar, torturar, destruir,... No es Dios el asesino de los inocentes ni el origen del fanatismo, sino lagrosera manipulación que el hombre hace de lo divino cuando quiere justificar sus propios intereses.

De ahí nace la sacralización del poder, de las personas y de los regímenes que no buscan la gloria de Dios, aunque lo nombren a todas horas, sino su particular visión de la vida, de la política o, incluso, del terror. Herodes, que hablaba de adorar al Niño, no tuvo reparo en matar a los inocentes, y solo para engordar su codicia… Por ella todo se manipula: la imagen de Dios y nuestra propia imagen mesiánica.

Francia ha sufrido, en el año apenas fenecido, terribles atentados con un alto costo de vidas humanas. Y no solo Francia. Todo el mundo occidental se siente especialmente amenazado. La gran tentación, frente a los refugiados, inmigrantes y diferentes, es blindarse y aplicar el ojo por ojo y el diente por diente.

Tristemente, el choque de civilizaciones (¿o de intereses?) deja en evidencia algo más que la capacidad de cada cual para asestar el golpe más fuerte. Muestra un fracaso humano humillante, que viene de muy atrás: la incapacidad del hombre para vivir en paz y crear mundos justos, solidarios, respetuosos e incluyentes.

El Dios en el que yo creo no carga fusil, sino un pobre madero en forma de cruz. Su martirio representa todas las cruces de un mundo asolado por el pecado de la codicia, disfrazada de ideología, mercado o geopolítica, capaz de matar al Hijo del Hombre en el nombre de Dios. ¡Paradojas de la vida!

jparrilla@elcomercio.org